Como veo que la tecnología aeronáutica no es el aparato cardiovascular de este blog, y tras prescripción de Baby, me dispongo a bucear (¡suena a marino!) en uno de los conceptos más utilizado por el piloto de caza y que limita en cierta medida las evoluciones del mismo en el éter (mental y físico); hablo del “Bingo” de combustible.

Uno de los aspectos diferenciales de “la chasse” con el resto de la aviación que lleva cosas o personas de un lado para otro, es el tiempo de vuelo que por lo normal y hasta que llegaron los reabastecimientos en vuelo, se solía limitar a una hora, 1 hora y 15 minutos…; debido al alto consumo de los motores en maniobras de combate (¿se abusa del post-quemador?) y a la limitada carga de “sopa” en los depósitos que deja sitio y peso al armamento. Por ello, no hay demasiado tiempo para disfrutar del paisaje: “despegamos, llegamos a la zona, nos pegamos y volvemos”; para después disfrutar de una merecida ducha mientras pasa el tiempo hasta que aparecen el resto de aviaciones.

La limitación en combustible y por tanto en tiempo de vuelo, se resume con la palabra “Bingo” o combustible necesario para volver a casa con seguridad y que no siempre es el mismo, depende de la distancia a la pista, del “weather” en la misma, del estado de los campos alternativos, de la pericia del “cagurrio” (piloto de combate de poca experiencia que atiende como R2-D2 las indicaciones de sus mayores)…

Por lo general el citado Bingo se calcula antes de volar la misión y se concreta en un calaje en el aforador del avión con unas 2000 libras por encima de la cifra calculada, para que indique inicialmente que tienes que terminar pronto con el adversario o valorándolo mejor, hacer algún tiro de oportunidad para después abandonar el escenario (“mejor volver mañana que no volver nunca”), extendiendo (descargar de g´s el avión con post-quemador a tope) para acelerar al límite, poniendo espacio de por medio, e incrementando la velocidad relativa de alejamiento con respecto al enemigo para mantenerte fuera de parámetros de sus armas.

Los nuevos aparatos siempre alertan de esta situación de escasez de “caldo” con una voz de señora en lata de conservas que dice: “Bingo, Bingo” acorde a la cantidad calada en el aforador. Pero en cazas de no hace mucho tiempo, no había señora y era el rabillo del ojo, el que en medio del combate te daba la oportunidad de saber si ese iba a ser tu último vuelo antes de eyectarte (todavía hay aviones en la Tierra Patria que usan el procedimiento antiguo, y en algunos ¡van dos pilotos! que si no se trata de vuelos de instrucción, es una situación harto desagradable: “es como si a cazar van dos individuos con la misma escopeta”).

A colación de estas viejas máquinas aún están flotando en mi mente, los acontecimientos acaecidos en una misión de instrucción de uno contra uno, sin muchas complicaciones, sobre el cielo de Huelva, donde el “cagurrio” de la época y su Jefe de Fuerzas Aéreas, se enfrascan hasta el paroxismo en el fragor del combate (supongo que ésta es la impresión del cagurrio porque el jefe se estaba fumando un puro), de tal manera que ni el líder le pregunta la “sopa” al punto (“wingman”), ni éste se acuerda de comprobar nada; tan sólo de que no le pongan un “rabo”. Cuando por fin el jefe canta “el uno, Bingo”, al dos no le salía la voz del cuerpo cuando comprueba con horror que está muy por debajo del nivel establecido de combustible para llegar con seguridad a la pista más cercana: ¡había utilizado ¼ más de combustible que el jefe para hacer prácticamente lo mismo!. Como no era momento de rezar; en un caza no se puede poner uno de rodillas (si hay que morir, se hace sentado como delante del televisor en una final de “champions”), además en el caso expuesto de ateo confeso, no sería buen momento para la suscripción a la religión que más aporte en el mundo de los no-terrenales; pues bien, el “cagurrio” más dócil que nunca, obedece las ordenes de: “pégate a mí” para luego poner régimen de motor mínimo, la altura precisa de mínimo combustible consumido por milla, para iniciar un descenso tendido y con motor prácticamente cortado, ceder el paso al poco experimentado piloto en final, y que éste tome tierra eso sí, parándosele un motor antes de salir de pista. Con el motor que le queda en funcionamiento, vuelve al aparcamiento y espera al jefe que al bajarse de su avión, le planta un “sopapo” con la mano abierta que cubre oreja, pómulo y pescuezo, al tiempo que decía: “¡qué miedo me has hecho pasar!, el “cagurrio” asintió y dijo: “sí… jefe” (pensando que la próxima vez no se quitaría el casco).

Buena caza y a otra cosa.

Rafa (Negro)

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