Corría la época en que el “fly-by-wire” no se intuía ni en las películas de las Guerras de las Galaxias, y en la que un jefe de grupo de Fuerzas Aéreas, cansado de dar doble-mando a los pilotos más antiguos y que estos por razón de su antigüedad, pidieran destino hacia Unidades más apetecibles, decide instruir al recién llegado en el arte de pilotar el avión usado para enlace en la Unidad; un temido “aerodino” donde los haya, con un grado de “coscorrones” elevado entre los pilotos que por lo general, se entregan a otros aviones de mayores prestaciones.

El piloto, desde las primeras evoluciones de avión monomotor de hélice y plano alto, siente como si estuviera en otra dimensión, como si todo se moviera despacio, como si las horas tuvieran 180 minutos; y de esta forma descubre cosas de alrededor de la pista de su base que jamás había visto: una zona de extracción de piedra, cortijos, una carretera que cruza el campo con rebaños de ovejas. Le parece que debe ser como ir en globo. La navegación es posible “on the run”, desde que se avista una población hasta que llega y cruza la misma, hay tiempo para darle tres vueltas y media a la carta al uso; para comprobar si el silo está al Oeste o al Norte, si el cruce está encima de las vías del ferrocarril, etc. La toma de tierra era como saltar en paracaídas, y luego viene el impacto contra la pista y “que todos los trozos queden dentro de ella”.

Galería de J.A. Cifuentes

Hay una leyenda urbana que reza que los pilotos de caza, vuelan peor la “indomable” que los demás, achacando esta falta de pericia al hecho de que no se suelen usar los pies en los vuelos de aeronaves de altas características. Hasta donde él sabe, conoce pilotos de todas las especialidades, con un derribo a ellos mismos en su poder en este cacharro; sólo recuerda lo que le dijo el jefe “no hay que mover los pies, sólo tienes que pensarlo” y eso le iba bien por el momento. La suelta (primer vuelo sólo) que le dieran tras cuatro vuelos, no estaba exenta de riesgo y el jefe consciente de ello, le esperó en cabecera de pista a su llegada (como si hubiese tenido una premonición sobre la conclusión del vuelo) y tuvo que recogerlo en su vuelta al aparcamiento.

Pues bien pasados esos primeros trances, en un septiembre caluroso en que se encontraba de vacaciones, recibe la llamada del jefe (otro) que requiere su presencia una tarde, para una misión de lanzamiento de flores. No parecía difícil, tendría que volar hacia un pueblo en fiestas de romería, con una iglesia solemne y folklórica de reputación, y lanzar pétalos de flores sobre la cofradía, para dirigirse a otro pueblo (también en romería), pero más cercano a la institución, en el que personalidades de la misma estarían presentes para dar realce y aumentar el protocolo.

Cuando el piloto llega a la base, esperaba un lanzador de flores amateur, a la sazón el mecánico de la avioneta, que con “gracia de la tierra” comentaba cómo ya había estado en un lanzamiento de cenizas de no se sabe quién, y que todavía las tenía en los pulmones. Al lado del artilugio volante estaban colocadas 5 bolsas de basura con no-pétalos de rosa y sí-capullos de clavel (con lo que el aumento de peso supone); además el mecánico había atado un alambre al portón lateral que evitara el encastre del mismo en el ala (al abrirlo para tirar las flores) y no dejara actuar al “flap”. Por cierto ¿qué CEP es bueno para el clavel?.

Cuando llegan a la primera zona de “delibery”, el piloto atina con la iglesia a la primera (su novia veraneó un año allí), observa que la cofradía está fuera de la iglesia y posicionando al tirador en el asiento de atrás, atado para que no se caiga, abre el portón y a la voz de ¡ahora! rompe las bolsas desparramando su contenido. Debido a la altura de los edificios, al viento playero y a que era la primera vez que acometía esta misión, el cargamento cae en la playa como lluvia encima de los bañistas que plácidamente y con jolgorio pensaron que sería un tipo de propaganda. El piloto no deja de pensar si el castigo divino  de que le hayan encomendado esta misión tan loable como sacra, se debe a su convicción del “no hay nada después de la muerte”. Apesadumbrado se dirige al segundo punto de reparto.

Esta vez no puede fallar, están las autoridades allí. De esta forma, cuando ve salir el  palio de la Virgen, se tira en picado hacia un punto que evite las palmeras, grúas de construcción, etc, y en vuelo muy rasante a 220 Km/h, se acercan el momento cumbre:

-    ¡ABRE EL PORTÓN!
-    ¡SÍ!  (Un ruido infernal entra por el mismo)
-    ¿PREPARADO?
-    ESTOY LISTO
-    ¡TRES, DOS, UNO Y …!
-    ¡AGGGG!. Es lo que acertó a escuchar el piloto, que se giró a la vez que ascendía el aparato, pensando que el operador de flores se había caído encima de la Virgen.
-    ¿QUÉ HA PASADO?
-    ¡ME HA QUEDADO CON DOS TROZOS DE PLÁSTICO EN LAS MANOS Y LA BOLSA HA SALIDO ENTERA!

El piloto no acertaba a ver si había daños colaterales. La Virgen se les apareció a todos los que estaban abajo en forma de madre protectora; voces posteriores arrojan la versión de que la bolsa voló (primer milagro) por encima de las cabezas de los conciudadanos sin dar a nadie (segundo milagro), golpeando en una tapia de la ermita. La cofradía desapareció oculta entre los árboles, con lo que el operador fue ordenado arrojar la carga sobrante a la “remanguillé” y tomaron tierra sin novedad una hora más tarde.

A la mañana siguiente, el piloto sigue de vacaciones y recibe una llamada del jefe que le pregunta: “¿qué has hecho?, el gran jefe dice que las has tirado a mala leche, que has cagado la misión más importante de Unidad para este año, que no te arresta de milagro” (tercero y último).

Buena caza y a otra cosa

Negro

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