Miccionar, orinar, según la Real Academia de la Lengua significa “expeler naturalmente la orina”. En una palabra, mear. El Diccionario de la Lengua Española (Vigésima Segunda Edición) de la RAE lamentablemente no menciona cómo expeler ni explica qué medios se deben utilizar para cada una de las situaciones no naturales en las que el ser humano se pueda encontrar, desde sus primeros días de vida hasta los últimos momentos de la misma. No mea igual el bebé que el niño de tres años, ni el adolescente que el adulto, ni se micciona igual en la pubertad que en la madurez, ni recién levantado que a las cinco de la mañana a punto de acostarse, ni siquiera lo hacen igual dos seres de la misma especie y distinto sexo. Y el problema no es el mear, sino cómo hacerlo.

Tanto las condiciones como las capacidades psicológicas del que mea afectan sobremanera al proceso de micción, y sin ser médico me atrevería a aseverar que incluso situaciones externas y anormales al ser humano en cuestión pueden interrumpir, dificultar, impedir y retener el proceso natural de orinar. El cerebro que todo lo dirige pude verse afectado por agentes externos, algunos animados y otros no, que influyen negativamente en la meada al causar pensamientos naturales y propios al ser humano, más del hombre que de la mujer, que nada tienen que ver con el pipí pero causantes de barreras psicológicas que dificultan sin quererlo el proceso de micción. Porque, queridos lectores, ¿es lo mismo mear en casa que hacerlo en la calle, amén de juicios morales de si es o no correcto?; ¿es igual la primera meada del día del hombre que la de la mujer?; ¿se mea igual sentado que de pié?; ¿en el campo que en casa?; ¿ebrio que sobrio?; ¿verdad es, queridos amigos, que con solo pensar que se está uno meando, la vejiga, la muy puñetera, empieza a inflarse inconscientemente cuál bomba de relojería apunto de explotar sin siquiera considerar la viabilidad física y temporal de la meada?.

Para miccionar de forma natural se requiere, al menos, la concurrencia en el tiempo y en el espacio de dos instrumentos bien conocidos por todos los lectores: de un lado, el aparato urinario, y de otro, el espacio físico encargado de recoger los deshechos de la micción, esto es, la orina. En adelante nos referiremos a ambas partes del proceso como aparato y urinario. El ser humano, en condiciones normales, controla el primero de ellos y sólo debe preocuparse en encontrar el segundo para que la concurrencia espacial y temporal sea completa. Ahora bien, y en esto la naturaleza ha sido sabia; sin aparato no hay meada, pero sin urinario doy fe que se mea. Es más, sin la presencia del espacio físico no es que se pueda mear sino que se debe, porque de lo contrario el que se mea adolecería de agudos pinchazos en lo bajo de su ser que le incapacitarían realizar simples acciones manuales e intelectuales.

Seguramente poco o nada descubro con lo que digo, pero como cualquier otra demostración empírica requiero de la teoría para justificar lo que a continuación paso a relatar.

Nuestro amigo y compañero el Negro nos deleitó hace unos días con su ágil e ingeniosa pluma narrando los hechos que tuvo la suerte de protagonizar y que acontecieron hace ya unos cuantos años en las aguas del atlántico abordo de un F18. Más que en las aguas, en los cielos que reinan sobre esas frías aguas, porque no iba nadando sino volando. La triste soledad que tuvo que padecer durante su larga ruta a tierras españolas se vio sólo interrumpida por el natural abultamiento de su vejiga, acontecimiento inesperado y temido causante de dolorosos pinchazos en su ser y que sólo una micción placentera pudieron calmar. El Negro describió brevemente cómo se deshizo de tal sufrimiento y el lector comprenderá lo harto complicada de tal acción a tenor del pequeño espacio con el que el pobre Negro disponía en cabina.

Se entiende por “micción de combate” a la acción de expeler la orina en la cabina de un avión de combate versión caza, a mayor entendimiento, en el interior del pequeño espacio delimitado por cúpula, asiento, paneles laterales, panel frontal y suelo. Más arriba el lector caería en la cuenta que para una micción natural se requiere de la concurrencia temporal y física de lo que hemos acordado en llamar aparato y urinario. En la micción de combate una de las partes, el aparato, salvo error u omisión estará siempre presente en cualquiera de las dos formas conocidas por la naturaleza del ser humano. El segundo, el urinario, adoptará una forma irregular y extraña pero del todo eficaz a tenor del éxito en la meada del propio Negro. El que mea, esto es, el piloto, sentirá las ganas de mear en distintas circunstancias del vuelo, y sólo el entrenamiento y la sangre fría, amén de consideraciones físicas del aparato propio e intransferible que se salen de este estudio, podrán asegurar la culminación limpia y pulcra de tan arriesgada acción.

La micción de combate debe realizarse ante todo con seguridad y presenta riesgos importantes, no por tener que evitar situaciones de salubridad que sonrojen al piloto a la vuelta del vuelo, sino para no eyectarse inadvertidamente en el momento exacto de la meada. Imaginen queridos lectores qué ocurriría si al asir con sumo cuidado el aparato propio e introducirlo en el urinario receptor de la orina, la mano se trabara con la anilla de eyección y salieran piloto y aparato como una exhalación al aire exterior, no por fallo mecánico irreversible, sino por error del que mea en la ejecución del procedimiento “micción de combate”.

Urinario de combate

Amigos lectores, cualquier piloto de caza en circunstancias de “meada inmediata” debería aplicar de memoria como si de un fallo grave de sistema del avión se tratara el siguiente procedimiento:

1.- Reconocer ASAP (as soon as possible) la situación de “meada inmediata”. Como cualquier otra situación anormal en vuelo, el reconocimiento prematuro de la misma contribuirá a la resolución eficaz del problema. En el caso que hoy nos ocupa, el transcurrir del vuelo podrá ayudar al piloto en admitir que se mea, porque, no olvidemos, no es lo mismo mearse en un combate cerrado que en una navegación en vuelo recto y nivelado.

2.- Tomar la decisión de mear. Pudiera parecer banal, porque ¿quién no mea si se está meando?. En el caso de un piloto de caza hay que elegir el momento adecuado para la micción en vuelo. No se debe mear en medio de una interceptación aérea, ni de un uno contra uno, ni siquiera en el transcurso de una aproximación instrumental a un campo bajo mínimos meteorológicos. Ningún otro ser humano ha tenido que reflexionar tanto como el piloto de combate sobre el momento ideal de mear.

3.- Comunicar la decisión adoptada al resto de la formación. Se deben aceptar risas, mofas e incluso comentarios carentes de cualquier justificación científica, pero mejor será mear controlado que perder el control por no mear. Porque, imagínense amigos lectores qué ocurriría si al inicio de la micción el líder de la formación anunciara en la radio ”abriéndonos”, significando la maniobra a realizar para empezar un combate visual. ¿Qué hacer entonces?; ¿guardar el aparato en medio de la micción y empezar el combate?; ¿iniciar el combate sin terminar la micción?; ¿acabar la meada sin mover el avión?. Todos son pros y contras, pero doy fe amigos míos que maniobrar el caza a 7 g´s de aceleración en el transcurso de una meada inmediata (obvio comentar las consecuencias si de una evacuación sólida se tratara), jode mucho.

4.- Poner la manecilla de eyección en SAFE. Es decir, asegurar el asiento evitando así una eyección no controlada. Cierto es, y seguro que algún avezado lector habrá caído en la cuenta, que Murphy también vuela y pudiera darse el caso de tener un fallo irreversible de algún sistema que nos obligara a abandonar el avión en medio de la meada. Cierto, pero estadísticamente es menos probable que ocurra esto a que el piloto que se mea se enrede con la manecilla de eyección al intentar introducir su asustado aparato en el urinario de combate.

5.- Soltar atalajes. Lo difícil de este paso no es la suelta, sino hacerlo de tal forma que el piloto pueda a la finalización de la meada volverse a colocar los mismos, y si es posible, en el orden y posición correctos.

6.- Subir la bragueta del mono por la apertura inferior del mismo. El mono de vuelo aparte de ignífugo está pesado para la meada de combate. Para facilitar al piloto la necesaria maniobra de sacar el aparato de su escondite, el mono de vuelo cuenta con una cremallera, de combate también, que puede abrirse en un doble sentido: de arriba a abajo y de abajo a arriba. Seleccionar entonces el segundo de los sentidos, teniendo en cuenta que el chaleco con el que el piloto vuela impide sobremanera la apertura del mono en sentido contrario.

7.- Sacar el aparato. No comment.

8.- Asir donde quiera que esté el urinario de combate. ¿Qué ocurriría entonces si el valiente piloto no hubiese caído en la cuenta antes del vuelo que la micción de combate es posible por ser el piloto, él mismo, un ser humano normal con apetencias fisiológicas como cualquier otro?. Pues, queridos lectores, que se mearía encima. Ni más ni menos.

9.- Si el punto anterior se realizó de forma satisfactoria, introducir el asustado aparato en el urinario de combate de tal forma que al menos la mitad del mismo quede en el interior de la boca de entrada. ¡Qué fácil de decir y qué difícil de hacer en ciertas ocasiones!.

10.- Mear. En algún momento de este procedimiento el piloto debería haberse quitado los guantes de vuelo, salvo que guste de la micción insensible y con el estúpido riesgo de manchar los mismos por meada descontrolada.

11.- Deshacer los pasos anteriores, guardando la bolsa con orina, escondiendo el feliz aparato, atando atalajes y colocando de nuevo el asiento en NORMAL (listo para la eyección).

Queridos amigos, todo piloto de caza debe conocer de memoria estos pasos, aplicarlos sin miedo y saber que la naturaleza humana no sabe de rangos, ni de oficios, ni de personas. El piloto de caza desarrolla su misión en un espacio muy reducido, atado de pies, hombros e ingles, con casco y mascarilla de oxígeno, con guantes ignífugos y en ocasiones con cazadora de vuelo. Pero si ha de mear, tendrá que hacerlo.

Nadie dijo que fuera fácil.

Little.

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