Había estudiado lo suyo para sacarse los títulos de piloto civil en los ratos libres. La vida da muchas vueltas y nunca se sabe dónde se va a acabar, ni cómo. Si por él fuera estaría volando hasta que el cuerpo dijera basta, pero a los 35 años, ¡leñe, está en plena forma!, y la irá perdiendo sentado en una silla, teniendo la enfermedad de codo de tenista de levantar el teléfono, y con el “situation awareness” empeñado en múltiples tareas de carácter administrativo.

La convalidación de títulos por esas épocas era un caos de gestión, con exámenes de asignaturas que se suponían sabidas en su persona, después de volar cazas por España y Europa durante 9 años. Pero el mundo burocrático tiene eso y todas las horas de F-18, en fin no valen como horas de vuelo; bueno, entonces sí valieron pero: -“¡tienes que hacer un vuelo con instructor!” le dijeron. Así para mantener el título de piloto privado, se fue muy digno al aeropuerto hispalense, conocedor de que allí habría una escuela que se prestase a ello.

Al llegar todo fueron parabienes de recepción diplomática que subió el ego del piloto (se recordaba él mismo: “si yo soy piloto de bizcocho”), para que después de un breve receso en el que se retrató económicamente (y abundantemente; el negocio no es barato), fueran a una sala donde una serie de muchachos sentados en sillas alienadas contra la pared, charlaban animadamente; le recordaba a las escenas de prostíbulo de película, donde la madame  mostraba el “género”.

-“Juan”, espetó el jefe; “hazle una prueba a este señor”

Después de los saludos, comprobó que Juan no alcanzaba los 20 años, cosa que no le importó; -“será un piloto prodigio”, pensó. Así con el briefing exhaustivo de: ¿has volado alguna vez avioneta?, se fueron en busca del aparato en cuestión.

zbor de aeromodel por YO...SUNSHINE

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Entre el barullo de monomotores de hélice no encontraban la montura, y no era de extrañar porque una vez hallado el aerodino, comprobó con pavor que el “bicho” no le llegaba a la altura de las tetillas. Mientras le quitaban la capota (la de su Ibiza, es más grande), podían mantener cómodamente una conversación por encima del plano. ¡Pero si la rueda del tren principal es del tamaño de un donuts!.

Entrar dentro del biplaza fue un número, porque las dos espaldas (y eso que él no es precisamente un armario ropero) no cabía transversalmente con lo que uno tuvo que echarse hacia delante y mantener la posición para poder cerrar las puertas. Comprueba entonces que el “yoke”- cuernos – eran unas piezas de plástico duro, del tamaño de lo que sale en los “huevos kinder” de los chavales. Tal era la miniatura que sólo se podía asir con tres dedos (índice, corazón y pulgar por el lado contrario). La palanca del motor era de tipo tornillo, pero dimensionada como si hubiese sido extraída del artilugio para dar cuerda a un reloj de pulsera. No había más indicadores de motor, que no fuese el oído de los pilotos, y el anemómetro y el altímetro eran desproporcionados en comparación con el tamaño de la hélice.

En esos momentos se dio cuenta de la soberanía de su F-18: duro, alto, espacioso por dentro y sobre todo seguro. Y lamentó las condiciones de algunos pilotos que empiezan volando en esos cacharros.

No habían levantado los donuts del suelo cuando escuchó: -“bueno, ¿que quieres hacer?”, a lo que él respondió: “aterrizar tan pronto como sea posible”.

Buena caza y cuidado con dónde nos subimos.

Negro

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