La actividad docente que rodea al piloto de caza supone un esfuerzo continuado. No deja de estudiar, no deja de recibir conferencias sobre esto o aquello, no deja de estar escuchando lo que tienen que decir otros, …y claro como cualquier humano, llega un momento en que desconecta del mundo real, de las voces que le rodean, de la enseñanza que deberá aplicar no sabe cuando, para sumergirse en sus pensamientos, casi sueños (leyó un artículo sobre un estudio que argumentaba que el 85% de las personas “desconectadas” en una conferencia están imaginando asuntos que tienen cariz sexual).

Estaba con unos cuantos compañeros sufriendo el curso de “Supervivencia en Tierra”. Al lado de un Jefe, estaban un par de instructores non-comission que parecían estar sacados de una película de beduinos: delgados, enjutos, casi negros por el sol, serios…, uno de ellos barbado y el otro con un bigote descomunal que le hizo pensar que las tostadas las tendría que comer con la manteca mirando hacia abajo.

Los días en la sierra trascurrían entre mañanas soleadas y noches muy frías con unos ruidos de tripas que se van apagando según pasan las horas; el ojo de conejo, una hoja de diente de león, y un caldo de cebolla silvestre con vísceras del mismo conejo más un cuarto de pastilla de “avecrem”, no dejan el cuerpo para muchas ilusiones culinarias, si no fuera por la paloma que ahumó no sabe cómo, en un ambiente de llovizna continuo.

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Ahora está solo. No le pareció tan malo, pues hace unos días en la práctica de evasión con un compañero, se pasaron casi todo el tiempo decidiendo por dónde debían ir al punto sin prestar atención a la indicación de –“uno debe tomar el mando”. En sólo dos días debían contactar con un paisano; todo era precaución y recelo porque si caían en manos de fuerzas hostiles, los interrogarían. Se están acercando al punto de contacto, faltan un par de horas así que aprovecharán para comer algo …la paloma. Al sacarla del trozo de paracaídas que un día fue blanco y que ahora luce un hermoso color cárdeno, descubre por el olor, que se ha podrido la carne; no en vano lleva dos días húmeda y como le dijo el instructor barbado…:-“eso no está bien ahumado”. Pero también le oyó decir, -“si no tiene parásitos, la carne podrida se puede comer”, de esta forma se comió el ave.

Entre susurros en la estación de ferrocarril, repasaron que la orden era contactar con alguien cerca de túnel y utilizar las señas y contraseñas: -“¿tienes fuego?”, -“no, no fumo”. Apareció una persona cerca del túnel, ¡será el contacto!. No se aproximan por separado en dos ángulos distintos tal y como les habían enseñado, y cuando estaban cerca de él, vio que el individuo tenía una argolla en la nariz y lucía un pelo pincho morado, esputando sin dudar: -“¿dónde está el otro?”, a lo que el compañero respondió: -“ahí detrás”. –“¿Y la contraseña?, ¿y el procedimiento?, …” con lo que cayeron sobre ambos dos, fueron vendados, atados y empaquetados en un vehículo hacia no sabe dónde.

En lo que debía ser una casa abandonada fue despojado de su mono de vuelo, y dejado en el suelo en calzón, con lo que el frío hizo mella rápidamente en las partes donde más pecado hay. Escuchaba otras respiraciones en la oscuridad de ese cuarto cuando de repente, fue levantado por las axilas hacia una estancia iluminada. Él no veía nada con la venda, pero oía bien las voces que le preguntaban datos sobre su ocupación, paradero, …Habría dicho lo que quisieran oír, habría bailado la conga si hubiese sido preciso; sólo levantar los brazos le suponía un esfuerzo descomunal, no hizo caso de –“mantén una conversación coherente y precisa en la historia que relates”. Se acordó de aquellos interrogados en guerras y lo efímero de la resistencia humana si no se entrena.

Pero se ha hecho de noche, y ahora está sólo, la semana pasada queda lejos y se dispone a dormir a la espera de ser contactado por un equipo de rescate. Nunca pensó que por la noche hubiese tanto ruido en el bosque. La noche anterior, caída mientras bajaba desde zonas nevadas, y tras pasar unas horas en un refugio de ganado desoyendo el –“si os metéis en esas casas, os picarán las chinches”, la pasó prácticamente bailando al ritmo de los picotazos de esos bichos.

Esta noche está cansado, muy cansado para atender el –“hazte el refugio porque si no lo pasarás mal”, con lo que se tiró al suelo tal como estaba y se quedó dormido. Trascurrida media hora, un temblor de cuerpo lo despertó. No podía parar de tiritar, el suelo le –“había robado el calor del cuerpo” (otra vez él). En la oscuridad decide hacer un fuego pequeño en contra de –“si haces fuego por la noche, te verán desde lejos”; no siente los pies. Cuando prendió las ramitas húmedas, metió la bota, como no sentía el calor, se quitó la bota y metió el pie con el calcetín. Se quema el calceto y no siente el pie; ¡esto no va bien!. Aunque no encuentra la bota, empieza a andar suponiendo que entraría en calor, hasta que amanece y aparecen los rayos de sol. Está acabado, se sienta en una piedra y se duerme.

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Alguien lo zarandea, el que lo buscaba para rescatarlo lo ha encontrado. Quedan unos días siguiendo los pasos del rescatador. Lo sigue a todas partes, como si se tratase de la impronta de los patos que se van con lo primero que ven cuando salen del huevo. En este periplo final hasta la extracción en helicóptero, piensa mucho en lo que no ha hecho bien; en realidad no ha hecho nada bien: no supo comer nada del bosque, no se refugió, no contactó adecuadamente, no se protegió del entorno, no siguió las instrucciones, no nada. Ha tenido suerte de  que se tratase de un entrenamiento aunque, casi acaba con él.

Buena caza y quedad siempre atentos a las enseñanzas de los que saben.

Negro

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