Acababa de terminar el curso de Controlador Aéreo Avanzado (FAC / Forward Air Controller) y, además, de manera voluntaria. Así que yo me lo había buscado. Cuando llegó el teletipo a la unidad pidiendo un FAC para participar en un ejercicio de la Legión en Almería, todas las miradas se dirigieron hacia mí que, además, resultaba ser el más moderno de todos los presentes.

No había mucho tiempo de reacción, el ejercicio comenzaba en un par de días. Corría el mes de Junio. Así que allí me planté con mi mono de vuelo y la mochila de la Academia General del Aire que todavía conservaba en el trastero.

Lo primero que hice fue presentarme al Coronel que estaba al mando del ejercicio. Me indicó la compañía en la que me iba a integrar y me deseo suerte. Cuando entré en la tienda de campaña de la compañía vi a un curtido Capitán de la Legión que me miraba con cierta sorpresa. Seguramente un tenientillo en mono de vuelo entre tanto uniforme mimetizado, daba bastante el cante. Me presenté y lo primero que me preguntó fue:

“¿No tienes uniforme de campaña?¿De dónde has sacado esa mochila?¿Y esas botas es todo lo que tienes? Vamos a caminar mucho.”

“No tengo uniforme de campaña, mi Capitán. Me avisaron hace dos días que tenía que venir. La mochila es la de la cueva y las botas son las de vuelo. Es lo que hay.”

La sonrisa burlona que se dibujó en su rostro me sirvió como confirmación de que, en su interior, se estaba partiendo de risa.

“Bueno, habrá que apañarse. Salimos al anochecer, ve a recoger tus raciones de campaña. Mañana tenemos que estar, como muy tarde a las 13:00, en esta colina” Apuntó con el bolígrafo que sostenía una colina en el mapa que tenía desplegado encima de la mesa. “Desde allí tendrás que hacer las conducciones del primer avión que tiene prevista su llegada a eso de las 14:00”

“¿Qué distancia hay, mi Capitán?”

“”Unos 6 kilómetros, al  o menos, ” Al llegar allí acamparemos a la espera del caza. ¿Tienes traje NBQ?”

“No. Nadie me dijo que lo tenía que traer”

“Pues se esperan ataques NBQ. Vas a morir”

“Si muero no podré hacer las conducciones”

Visiblemente irritado soltó un suspiro colmado de paciencia y me dejó retirarme a recoger mis raciones de campaña.

Al caer la noche comenzamos la marcha. Yo, iluso de mi, pensaba que llegaríamos en un santiamén. Al fin y al cabo 6 kilómetros se recorren rápido a buen ritmo.

Nada más lejos de la realidad. Éramos un grupo de unas 20 personas. Yo iba siempre detrás del Capitán. Por motivos que se me escapan las paradas era continuas. Obviamente orientarse de noche, en mitad del campo, y sin gafas de visión nocturna ni GPS, no es nada fácil. Supuestamente estábamos entrando en territorio enemigo y teníamos que evitar a toda costa ser detectados.

Algunas de esas paradas podían durar hasta 45 minutos. Tirados en el suelo y sin quitarnos la mochila. Las horas iban pasando. A mí nadie me contaba nada. Yo veía como al Capitán se le acercaban sus subordinados continuamente. Cuchicheando debatían, supongo, sobre la mejor ruta a seguir hacía la famosa colina.

Al poco tiempo me di cuenta que, efectivamente, las botas de vuelo no estaban hechas para largas marchas. Empezaron a aparecer puntos calientes por todas partes. También la mochila demostró ser desastrosa para mi espalda. Tenía el centro de gravedad demasiado elevado. Las de mis compañeros “terris” eran mucho más compactas. Mi aprecio y valoración hacia el trabajo de mis compañeros legionarios no paro de aumentar. Allí no se quejaba nadie.

Después de caminar a lo largo de toda la noche, con continuas paradas en alguna de las cuales llegué a quedarme dormido sobre la mochila, por fin llegamos a la colina cuando empezaba a amanecer. Allí me quedé con el Capitán y un par de cabos. No había nada de vegetación, sólo rocas y algunos arbustos. Típico paisaje almeriense.

Nos metimos debajo de una pequeña red mimetizada que nos tenía que servir para ocultarnos, lo primero, y para protegernos del sol, lo segundo. Empezaron a pasar las horas y a subir las temperaturas. En junio en Almería el sol aprieta, os lo puedo asegurar.

Después de pasar toda la noche en vela, caminando con pesadas mochilas a la espalda, todos estábamos cansados. Como quedaban unas cuantas horas hasta la llegada del avión, el Capitán me recomendó que durmiese algo. ¿Dormir? El suelo estaba cubierto de rocas de todos los tamaños y hacía un calor de muerte. Mis pies quedaban fuera de la red mimetizada, y con las botas negras estoy seguro que en su interior en algún momento se alcanzaron los 1000ºC. Sin embargo, al poco rato a mí alrededor sólo se oían ronquidos. Me parecía absolutamente increíble que pudiesen dormir con ese colchón de piedras, en una pendiente y con una temperatura que debía rondar los treinta y tantos.

Al cabo de unas horas, en las que por mi mente sólo pasaba la pregunta “¿Quién me mandaría a mí hacer el Curso de FAC?”, llegó el momento de hacer mi trabajo. Fue un poco desilusionante cuando el único avión que apareció fue un solitario RF-4C. La verdad es que no lo entendía muy bien. ¿Qué pintaba yo allí? El trabajo del FAC consiste, en términos simples, en coordinar el lanzamiento de armamento aire/suelo cuando éste se produce en apoyo y en la proximidad de las tropas propias, evitando a toda costa el fratricidio. ¿Qué fratricidio iba a cometer un RF-4C?, ¿Cómo no fuese que les robase el alma a los presentes con sus fotografías? (Y no te mosquees Little).

En fin, al acabar las conducciones, que duraron unos 15 minutos, el Capitán se dirigió a mí:

“Van a venir a buscarte en un BO-105. Te vamos a trasladar al lugar desde donde harás las conducciones de mañana”.

Dicho y hecho, al cabo de un rato apareció por allí un BO-105. Cogí mis bártulos y me subí en el asiento de atrás. Los pilotos eran dos jóvenes Sargentos que durante los siguientes 15 minutos me demostraron el verdadero significado del vuelo a Muy Baja Cota. Al llegar a nuestro destino, tomaron tierra en un cruce de caminos en medio de la nada:

“Ya estamos mi Teniente, esté es el lugar”

“Pero…aquí no hay nadie”

“No se preocupe, bájese y ocúltese, ya vendrán a buscarle. Nosotros tenemos que irnos”

Me bajé sin rechistar y vi como el BO-105 se elevaba dejando tras de sí una nube de polvo. Me quedé allí pasmado unos minutos, sin entender demasiado lo que el Sargento quiso decir con que vendrían a buscarme. Estaba totalmente solo en un desierto donde se podría haber rodado una película del oeste americano. Justo cuando iba a comenzar a jurar en arameo y a cagarme en todo lo que había estudiado, noté un movimiento a mi derecha. Me quedé totalmente boquiabierto cuando, a menos de dos metros de mí, fuera del camino, el suelo comenzó a levantarse literalmente. Tarde unos segundos en procesar lo que estaba viendo. Esos dos bultos que se elevaban desprendiendo gran cantidad de polvo empezaron a cobrar forma humana y por fin pude distinguir que en realidad se trataba de dos legionarios que, ataviados con un traje mimetizado de francotirador, habían permanecido “enterrados” y perfectamente camuflados a mi lado (probablemente descojonándose de mi).

Buscamos un lugar donde “acampar” y nos dispusimos a pasar lo que sin duda sería una larga noche. Mientras cenábamos nuestras deliciosas raciones de campaña me hablaron de su trabajo. Luego me enseñaron sus armas y utilizamos sus visores nocturnos para vigilar los movimientos del campamento que mañana atacarían nuestros aviones. Estábamos a menos de 1km del “enemigo”.

La noche fue dura. Tengo que reconocerlo. Yo nunca había dormido así, a la intemperie. Sobre la roca dura del suelo. Viendo las estrellas. Los dos legionarios se turnaban para hacer guardias. A las 02:00 de la madrugada me desperté con la cara hinchada por los picotazos de los mosquitos. Parecía que me había dado una paliza Mike Tyson. Se apiadaron de mí y me prestaron una redecilla anti-mosquitos con la que envolví mi cabeza y, más o menos, pude pasar el resto de la noche en paz.

A la mañana siguiente, cuando desperté, los dos legionarios ya llevaban un buen rato en pie. Parecían frescos como lechugas. Poco después del desayuno llegarían un par de C-101 que iban a simular nuestros bombarderos.

A la hora prevista escuchamos el inconfundible sonido de los motores del C-101. Esta vez, la espera mereció la pena. Los culopollos van siempre sobrados de combustible y estuvieron en zona cerca de una hora. Pude hacer muchas conducciones sobre las posiciones del enemigo. El campamento, con todos sus blindados, se dio por destruido.

El ejercicio había terminado. Otro helicóptero, esta vez un Chinook, nos devolvió al Cuartel de la Brigada de la Legión donde, después de un pequeño debriefing, me despedí del Coronel  y me fui a un Hotel en Almería a pasar la noche. La verdad es que no me sentía con fuerzas para coger la carretera hasta Badajoz. A pesar de lo interesante de la experiencia, por mi cabeza sólo pasaba una frase que he escuchado a más de un Piloto de Caza + FAC: “Prefiero mi cabina”.

Dedicado a nuestros compañeros de la Legión. Por su profesionalidad, su buen hacer, su dureza, su disciplina y su dedicación. Un verdadero ejemplo para cualquier militar.

También va por todos los Controladores Aéreos Avanzados y los equipos que les acompañan,  y que pasan muchos días mucho peores que el que yo he descrito aquí, en lejanos desiertos no precisamente en Almería.

Bob.

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