carramled

Todo ser humano mantiene intactos en el baúl de los recuerdos aquellos pasajes de su vida que por razones “irracionales” el cerebro graba inconscientemente sin que el paso del tiempo pueda borrar. Nada tiene que ver con la memoria a largo plazo, sino más bien con el efecto emocional que sobre la persona causan algunos de los acontecimientos vividos: la primera vez que vio el mar, el primer día de colegio, la primera pelea de barrio, los partidos de fútbol de los sábados, los amigos de la pandilla…Hechos que uno mismo y sin saberlo, esconde en la caja fuerte de los recuerdos, en ese baúl personal e intransferible que, para bien o para mal, ocuparán el equipaje de emociones de toda una vida. 

Recuerda el primer día que vio un caza de cerca; la primera vez que escuchó en vivo y en directo lo que años más tarde conoció como “the sound of freedom” y sentir de cerca la extraña atracción que sobre aquel pequeño muchacho empezó a ejercer la aviación de combate. El padre de su mejor amigo de la infancia le pareció escuchar en la radio que el sábado por la mañana habría unas puertas abiertas en la Base Aérea de Getafe. A él, a Jose padre, le atraía eso de los aviones, sobre todo si la visita era a la Base donde algunos años antes había cumplido con el obligado, por entonces, servicio militar. 

No alcanza a recordar con detalle la entrada a la Base, ni siquiera cómo llegaron hasta allí, o si había muchos o pocos  espectadores. Pero sí a los dos F-4C Phantom II que parecían ocupar el lugar más privilegiado del parking. Puede que hubiera algún que otro avión de transporte, incluso pudiera que alguno estuviera abierto de par en par para que los más curiosos vieran de cerca una cabina de pilotaje. Pero, de lo que realmente está seguro es que allí en medio, rodeado de viejas y amarillentas vallas de protección, lucían palmito dos hermosos cazas, pintados de camuflaje, con dos bidones de combustible cada uno, cúpulas abiertas y el emblema de un gato en una de las derivas. 

Sus amigos parecían dispuestos a esperar turno en la fila humana que alargaba el trasero de un avión de transporte, niños como él dispuestos a trepar por la rampa de carga del avión para comprobar in situ desde dónde se lanzaban los militares paracaidistas. Pero él no quitaba el ojo a aquellos dos cazas; aunque pequeños al lado de sus compañeros de exposición, a él le parecían los más potentes de todos, orgullosos de ser lo que eran, de mirada desafiante, sacando pecho ante el asombro y expectación del público presente. Los dos Phantom le estaban hablando, o eso creía, apagando el ruido que le rodeaba, el de sus amigos rogándole que se diera prisa que iban a perder su turno, como si fueran  sólo ellos tres los habitantes de excepción de toda la Base Aérea. 

 

  • “Roberto, ¡que te quedas embobao mirando a los cazas!” – Jose padre pareció despertarle de su letargo – “no te preocupes hombre, que ahora nos acercamos a ellos”

 

Subió al avión de transporte, pero su emoción no era la misma, nadie ni nada parecían hablarle, tan solo un joven de azul dando explicaciones más o menos técnicas sobre el tipo de avión, las misiones que llevaba a cabo y otros asuntos que no logra recordar. La temperatura era casi asfixiante, el calor del día se multiplicó por dos en el interior de aquel fuselaje, lo que aumentó sus ganas de salir pintando de aquel puro; no quería perder más el tiempo, no porque no le interesara aquello que estaba viendo, sino porque creía que cuando saliera al encuentro de los cazas, éstos ya se hubieran cansado de esperarle y hubieran puesto rumbo a otro lugar, más lejano, menos accesible…

Galería de Garysted

Una vez fuera del avión, que seguía engullendo aquel gentío inmune a la honorable presencia de los dos Phantom, le pareció sentir algo; un run-run que no le era familiar, un extraño ruido procedente del cielo azul, como un potente silbido que no era capaz de identificar. Empezó a escanear el horizonte en busca del origen de aquel sonido, de dónde provenía… A los pocos segundos, fijó la vista en cuatro estelas de humo negro que a baja altura se acercaban a gran velocidad hacia donde ellos estaban…

…El rugir de los motores de aquellos cazas parecían molestar a los más pequeños, incluso algún pobre adulto se llevaba los dedos a los oídos para protegerse del potente   ruido que se le avecinaba…Pocos segundos más tarde de sentirlos, cuatro F-4C hermanos de los dos que descansaban de otros vuelos, aparecieron en formación en ala, uno al lado del otro siguiendo tres de ellos las evoluciones del primero. Guarda en su memoria la instantánea de esa hermosa mañana; cuatro cazas pasando de izquierda a derecha, a unos tres cientos pies del suelo, iniciando una rotura individual a la vertical, desapareciendo en el infinito a medida que realizaban varios toneles de despedida…

…Él les siguió hasta que las lágrimas aparecieron en sus inocentes ojos de niño. No dijo nada. Se sumió en un profundo silencio, preguntándose cómo esos pequeños cuerpos metálicos podían aparecer y desaparecer en cuestión de segundos, y que los pilotos que iban dentro pudieran volar aquellos maravillosos toneles sin perder la noción del tiempo y del espacio…

Recuperado del shock, se acercó junto a sus amigos a los dos cazas que parecían hablarle desde que entrara en el recinto militar. Llegaron hasta las vallas de protección que les rodeaban, y casi sin mediar descanso entre emoción y emoción, observó con asombro cómo los dos jóvenes pilotos de aquella montura mostraban orgullosos a su amigo de fatigas, a su herramienta de trabajo, a su devoción…a su caza…

…Sin poder remediarlo, uno de los dos pilotos se fijó en la atenta mirada de un pequeño niño que al otro lado de la valla parecía estar absorto en sus pensamientos,. Se acercó a él y le dijo:

 

  • “Hola chaval, ¿te gustan los aviones?…”
  • “…eh…¿cómo?…”
  • “Que si te gustan los aviones”
  • “Estos sí….”
  • “Eso está bien…¿te ha gustado la pasada?”
  • “¡Uff!…ha estado genial. ¿Cómo es posible dar esas vueltas y no marearse?, porque no se marean, ¿verdad?”
  • “Bueno, es cuestión de habituarse a ello…de todas formas, a lo mejor algún día puedas sentir tú lo mismo”
  • “¿Quién?…¿yo?”
  • “Si…tú”

 

Si…él…El destino le tenía guardada una sorpresa: el mismo niño ya adulto, volaba su primera misión en un hermano gemelo de aquellos dos F-4C que tanto le dijeron, recordando las palabras de aquel piloto y las lágrimas que le lloraron al sentir por primera vez el maravilloso silbido de “The sound of freedom”…

Dedicado a todos los niños que, como yo, se ilusionaron algún día con la idea de volar un avión de combate…. 

Nadie dijo que fuera fácil.

Little

PD: aquel padre y aquel niño amigo del protagonista, no sé cuántos años más tarde, visitaron de la mano de éste el Ala 12. Pudieron sentarse en un F18 y recordar todos juntos aquella mañana de aquel maravilloso año.

 

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