En las postrimerías de los tiempos añejos, no muy lejanos pero en los que el color Aviación de las camisas de paseo era simplemente gris azulado, en los que la máxima de “la letra con sangre entra” era el primer mandamiento del decálogo de cualquier instructor, en los que la negación era el concepto asimilado al saber estar: -“no se puede escuchar música, no se pueden tener libros prohibidos en el armario aún si son de la propia biblioteca, no se puede conducir, no se puede vestir de paisano, ¿no se puede mover el pie izquierdo??”…; en esos tiempos en los que forjan unos caracteres, tal vez no (otra vez la negación) demasiado imaginativos, pero con determinación y arrojo, estaban las clases de vuelo.

No siempre (negación una vez más), las experiencias de los comienzos aeronáuticos son traumáticas. Todavía almacena en su cabeza un manojo de recuerdos desagradables tras encontrase con su primer proto de vuelo, sí; aquel que hizo que fuera al psicólogo para recibir sesiones de relajación, el que le adelantó que jamás volaría un caza, también fue el que logró que fuera el primero en volar sólo de entre todos sus compañeros, el que le invitó a su casa a comer, el que le enseñó que en asuntos aeronáuticos es mejor estar siempre en guardia, y el que le dijo que el avión vuela siempre mejor, si nadie se empeña en dirigirlo.

Los aviones de escuela son como los de transporte, estables. Cuesta trabajo sacarlos de su posición de tranquilidad, de su posición diseñada para volar sin sobresaltos, por eso para reconocer qué es una barrena hay que forzarla: gases cortados, mezcla rica, paso a delante, morro muy alto, casi en pérdida, palanca atrás, pie a fondo y…

Campanazo de la máquina que se deja atrapar por la fuerza de la gravedad en el hierro del motor, ojos muy abiertos, donde antes había solo cielo ahora sólo hay suelo, nube de miles de partículas de polvo y arena que quedan atrapadas en velocidad cero dentro de la cabina, se cruza un lápiz muy usado por su cara, sensación de cosquillas en las partes pudendas y empiezan las vueltas.

e17-10_791-10aga por Fotero.

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La posición de palanca atrás y pie a fondo se mantiene, las vueltas no son suaves, sino con aceleraciones laterales, el radio de las mismas es cada vez más pequeño, la estructura cruje, el motor sufre, el piloto… La sensación es como si se lo estuviese tragando un embudo, la tercera vuelta se le antoja muy cerrada, extremadamente violenta, pero tiene que reconocer la siguiente, el proto le ha dicho que saque la barrena tras cuatro vueltas exactas, mirando a Campoamor; ¿dónde está Campoamor?. En la tercera vuelta, los instrumentos ya no son reconocibles por las vibraciones del panel de control, vuelta cuatro, una mancha blanca, Campoamor, centra palanca y deja de pisar el palonier, en realidad suelta los mandos para que el avión vuele sólo, y éste, “doucement” sale de la barrena, con serenidad,  desperezándose, nivelando planos, volando…

-“¡Pero mete motor!, ¿no ves que vamos a entrar en pérdida?, estás empanao”. La voz estridente devuelve a la realidad al piloto bisoño. –“Este avión si no metes la zarpa, vuela sólo”. Tenía razón, aunque más tarde aprendió, que en un caza no pasa lo mismo.

Buena caza

Negro

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