Hace tiempo que voy detràs de los antiguos, de los muy experimentados, de los que tal vez, por mor de la pereza, no quieren plasmar en signos gráficos lo que han vivido, lo que han sentido abordo de sus indomables cazas, dejando para la tradición oral (casi siempre en la barra del bar más próximo) la descripción de sucesos que merece la pena conservar en la mente, pero que finalmente desaparecerán con ellos o serán copiados y asimilados por descendientes aeronáuticos… Uno de estos antiguos se ha animado; esperemos que no sea la primera y la …

Los muchos años transcurridos desde que se produjeron los hechos que ahora os voy a contar, me animan a compartir con vosotros este relato como un intento de lavar algún resquicio de culpabilidad que pueda quedar en mi historial aeronáutico.

Los ejercicios conjuntos con nuestros compañeros antiaéreos nos han ayudado mucho en cuestiones operativas, pero también han contribuido a poner de manifiesto la distinta idiosincrasia de cada ejército. Me encontraba en uno de estos ejercicios, en concreto una colaboración de guerra electrónica, en plena campiña cartagenera rodeado de antiaéreos, viendo la efectividad de nuestras contramedidas en sus equipos. El avión que participaba era “la amable abuela” pilotado por uno de nuestros pilotos más expertos. De hecho, por aquella época este piloto en cuestión me estaba dando el plan de instrucción para convertirme en el piloto de exhibición del Ala. Aeronáuticamente hablando, todo un desafío.

Para los pilotos de aquellos lustros (algunos peinan canas y otros no peinan nada), la tradición obligaba a efectuar ese último ataque a modo de despedida que todos esperamos con ansiedad, unos por su espectacularidad y otros porque implica el final del ejercicio. La meteo era buena. Techo y visibilidad aceptables, pero reinaba un fuerte viento cruzado que podía dificultar cualquier maniobra arriesgada. Ya he dicho que el piloto era “de raza”. Eligió lo más difícil que no era precisamente un ataque a la posición terráquea. Desde la lejanía del puesto de observación se veía cómo el avión iba perdiendo altura y velocidad. El elevado ángulo de ataque indicaba claramente las intenciones de realizar un vuelo lento. El viento cruzado obligaba a “retorcer” el avión para pasar por la vertical del “público”, poniendo de manifiesto para cualquier piloto que lo viese la dificultad de controlar todas las variables. Velocidad, ángulo de ataque, referencia, altura… Con las pocas horas de exhibición que llevaba, desde el terreno era consciente de la dificultad de la maniobra. A su paso  por la vertical, el rugido de su postquemador, la posición inusual de ángulo de ataque y la velocidad con que el avión recobró altura, dejaron ese mensaje claro de Poder Aéreo, que cualquier piloto sabe apreciar.

Galería de a3r0

Cuando estaba disfrutando las sensaciones de la pasada, de la misma forma que se saborea un buen café en la sobremesa. Cuando estaba henchido de orgullo por lo que mi compañero; mi amigo; mi maestro; había sido capaz de hacer, una frase de uno de los antiaéreos me sacudió de repente:  “….vaya mierda de pasada, los del otro día sí que hicieron una pasada a toda velocidad; alucinante…”

De repente, en mi interior se oyeron miles de pilotos vociferando. Desde los hermanos Wright hasta García Morato, desde el Barón Rojo hasta Ramón Franco, desde Amelia Earhart hasta Maxx Immelman,  pasando por el mismísimo Charles “Chuck” Yeager. Todos, hasta el memorable Juan Salvador Gaviota se quejaban amargamente: “…¿pero qué dice este insensato inculto aeronáutico?. ¿Cómo es posible que no sea capaz de apreciar la belleza de la maniobra??…” En ese instante me dieron ganas de lanzarle a la cabeza el Manual de Navegación Aérea, el casco, la mascarilla, el anti-g, las miles de bolsas con vomitonas de todos los pilotos de la Historia. Le hubiese metido en medio de las toberas de un reactor con el postquemador encendido para que oyera de primera mano como suena el Poder Aéreo.

Por suerte en tiempo de paz existe la revancha. 15 días después de que aquél episodio hiciese retumbar mis pilares aeronáuticos tuvimos que repetir el ejercicio. Mismo lugar, misma Unidad, mismos antiaéreos,….¡¡pero distinto piloto!!. Esta vez iba yo en el avión. Conforme se iban acumulando las pasadas de ejercicio, se iban aturullando en mi interior las ganas de “limpiar” el orgullo aeronáutico dañado. Algo así como un: ¡te vas a enterar! me remoloneaba pegado a mi piernógrafo. Último ataque y se oye la frase esperada: ….¿va la despedida?. Suavemente me alejo del objetivo iniciando una leve subida que me permita identificar bien a las “víctimas”. Como el gato que mira fijamente al ratón antes de capturarlo; emulando al tigre agazapado que computa la velocidad y dirección de la garza en pleno Serengeti; como el cazador que se recrea en el momento de apuntar su rifle y con el objetivo localizado, inicio un viraje descendiendo que me permite acelerar: 330 kts y subiendo, 380,…..420….450…50.. kts…. Casi en la vertical alabeo 90º para pasar “a cuchillo” a la vez que golpeo la secuencia de lanzamiento de chaff. Tres paquetitos de tiras de aluminio cayeron sobre el despliegue adornándolo como a un árbol de Navidad. –“Espero que esto sí haya sido alucinante”. El combustible y la velocidad que llevaba me permitieron iniciar una subida a la vertical que me alejó definitivamente de la amenaza antiaérea y de la incultura aeronáutica.

Probablemente no fue la mejor de las decisiones, probablemente la velocidad fuese inadecuada. Estoy seguro que les molestó tener que volver a montar alguna tienda. Casi seguro que desagradó el lanzamiento de chaff sobre el despliegue….pero hay momentos en la vida de un piloto que uno tiene que decir…..”pero qué coño!!!”

Chur

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