No sé qué tipo de artículo es este: divulgativo, descriptivo…  Puede que mi subconsciente haya decidido utilizar VST para comprobar si el mal que me aqueja se repite entre alguno de nuestros lectores con experiencia en asientos eyectables.  Si es así, agradecería unas palabras de consuelo. Ya sabéis… mal de muchos…

Puede resumirse, como mandan los cánones, en la frase que figura en el título: la atracción de la anilla (de eyección). Esa anilla decorada en amarillo y negro y que ejerce una especie de atracción / repulsión  fatal que trataré de explicar.

En primer lugar,  los colores con que está decorada dan mucho que pensar y quizá tengan alguna relación con nuestro problema. Están tomados, como no, del mundo animal: pocos se acercan a avispas y serpientes que luzcan el amarillo chillón alternado con el negro zaíno si no quieren recibir una buena dosis de veneno. Y a ningún animal se lo enseñan en la escuela, por lo que el pre-aviso  debe estar impreso en el código genético.

El abdomen de las avispas y las anillas de eyección

Por cierto, el resto de manivelas, pulsadores con guarda, anillas y palancas que decoran la cabina con esos mismos colores no son tan atrayentes, psicológicamente hablando. Todos  activan también sistemas explosivos (lanzadores de cúpula, fragilizadores), anulan  sistemas que en operación normal funcionarían a las mil maravillas (mandos de vuelo, computadores de misión…), sueltan del avión cosas que lleva colgadas (paracaídas de frenado, tren por emergencia, vaciado de combustible, eyección de cargas externas)…  En resumen, sirven para una función. Pero no llegan ni de lejos a crear esa aureola de peligro que rodea a la anilla que se lleva entre las piernas.

El amarillo y negro de la anilla… inconfundible…

Porque desde que te subes  al caza todo son comprobaciones “precaucionarias”, alrededor de los “gadgets” del asiento. Primero,  comprobar que la pinza de seguridad está puesta, un trozo de metal pintado de rojo que es el último vestigio de lo que fueron los seguros en asientos más antiguos.  Esta pinza, que sujeta mecánicamente la anilla de eyección e impide su accionamiento inadvertido, era antiguamente el último eslabón de la cadena de seguridad, la última parte móvil del asiento que se quitaba antes de rodar, que se enseñaba al mecánico, y se guardaba en el bolsillo del anti-g hasta la vuelta.  En asientos más modernos se insertó un paso más: el pestillo de armado.  Este pestillo también está pintado de amarillo y negro, y suena con un “clac” característico cuando está en su posición correcta, aquella que debe seleccionar el piloto al entrar en pista, tal y como figura en la “checklist”.  Ese ruidito es lo que separa un asiento armado de uno desarmado: a partir de ahí, tirar de la anilla es abandonar la tranquilidad de la cabina y salir a la hostil atmósfera.

Otra palanca que también es necesario comprobar al subir a la “oficina” es el selector de eyección,  que habrá que buscar por alguno de los mamparos o paneles,  en algún lugar de alguna de las dos cabinas donde haya tenido a bien instalarlo el constructor…  siempre y cuando haya dos cabinas, es decir, cuando el avión sea biplaza.  Este selector  tiene la función de permitir y/o evitar que un piloto eyecte al otro automáticamente y, según la misión primaria del avión (enseñanza o combate), el concepto es diferente:

- En los aviones de enseñanza, tipo C-101, la posición “normal” es aquella en la que el tripulante de la cabina trasera eyecta automáticamente al de la delantera al tirar de la anilla.  Se supone que el que va detrás es el proto y, el que va delante, el alumno. Si la eyección la inicia el pupilo, detrás no pasa nada. ¡A saber qué extraña circunstancia podría hacer que al polluelo le dé por tirar de la anilla! Si la eyección la inicia el profesor, saldrán ambos asientos en secuencia.

- En los cazas puros y duros, la posición  normal es aquella en la que el piloto de la cabina delantera eyecta al de la trasera. Pero como hay muchas más variables, también suele haber más opciones/posiciones de palanca: “solo” (para cuando detrás no va nadie); o “Aft-initiate” (para cuando el de detrás también sabe lo que lleva entre manos)…

Existen otras opciones insertas en el sistema de los aviones biplaza para que, cuando la eyección haya sido automáticamente iniciada bien por el piloto anterior o por el posterior, los dos asientos no colisionen en el aire:  el tren explosivo tiene tanto un retraso temporal  (normalmente el de atrás sale unos milisegundos antes) como una variación direccional (las toberas de cada asiento están orientadas lateralmente de forma que salgan con distinto ángulo a lados opuestos del fuselaje;  por eso, entre otras varias razones, los asientos no  son intercambiables).

The ejection site. Un salto desde la cubierta

"The ejection site". Un salto desde la cubierta

Pero este no iba a ser un artículo divulgativo sino más bien una consulta a la Srta. Pepis. El caso es que la anilla genera una atracción irresistible cada vez que se fija uno en ella, un magnetismo que te obliga a cogerla, a imaginar lo que debe ser tirar de ella y accionar el mecanismo.  Es como cuando estás en un balcón y, a pesar del vértigo, te asomas.  O cuando ves una vela encendida y pasas la mano cada vez más cerca, a ver cuánto quema…

No sé de dónde viene semejante prurito.  Porque alguna vez que se han complicado las cosas y se me ha ocurrido mirar hacia abajo a ver lo que había (estoy pensando ahora en la Sierra de Gredos con 3 metros de nieve o en el Atlántico con olas de 5 metros), maldita la gracia que podía hacer si quiera imaginar un “pelotazo”.

Que conste que no tengo corbata ni interés en tenerla…  Pero, ¿es esto un problema?  ¿Soy el único? ¿Os pasa en vuestro trabajo con otras cosas “peligrosas”?

Un abrazo.

P.D. Por supuesto, cualquier parecido de este artículo/divertimento con  la realidad es pura y dura coincidencia.

Share