Uno de nuestros prestigiosos colaboradores se ha entrenido en contarnos una vivencia personal de sus comienzos aeronàuticos. Orgullo profesional mezclado con la humildad para reconocer los errores y aprender de ellos, se pasean por este relato. Gracias Chur.

Cuando alguien me pregunta: ¿a qué te dedicas?, mi sistema nervioso parasimpático; sí hombre….; ese que no piensa, ese que actúa por su cuenta de forma automática y que realiza su actividad sin cuestionar el porqué de las cosas, ordena rápidamente mis pensamientos, los traduce en palabras y genera un mensaje contundente que define a las claras lo que soy y como me siento: “PILOTO DE CAZA”, contesto. Pero la imagen que se tiene del piloto de caza difiere con mucho de la realidad (y en eso la cinematografía no ha ayudado mucho); quizás eso explique alguna que otra reacción del interlocutor que escucha mi respuesta (estupor, incredulidad, sonrisa…). Sin embargo, a un piloto se le ve que es de caza, cuando está dentro de su avión de combate…

Será porque sufrimos una transformación interesante. El chasquido de los atalajes, los conectores de comunicaciones abriendo vía libre a los decibelios, la manguera de oxígeno que te ata a la vida volando en alturas desconocidas hasta para la más audaz de las águilas, y el anti-g que te aprieta las entrañas cuando tu sangre se subleva y recorre las venas amontonàndose al final de las mismas, van formando una atmósfera especial que te identifica con el avión. La ceremonia continúa. A la vez que comentas los últimos detalles observados en el libro del avión con el compañero que te ayuda en el ritual, tus manos van recorriendo la cabina con un escrupuloso orden, inversamente proporcional a la experiencia acumulada. La transformación concluye cuando cierras la cúpula y percibes la agradable sensación de la soledad en cabina. Al igual que el radar, el armamento, las pantallas, el tren de aterrizaje…., como piloto, te conviertes en una parte más del avión.

Claro, que para llegar a ello tan sólo hace falta una cosa importante: Experiencia. Y esta se consigue únicamente apuntando horas en la cartilla de vuelo; …..de las buenas, y de las malas. Dejadme que os cuente una de ellas que en su día me sirvió como toque de atención interesante.

Mirage: Spanish Air Force Mirage F.1CE  C.14-16 por emdjt42.

http://www.flickr.com/photos/emdjt42/3370333577/

Acababa de terminar mi plan de instrucción. Técnicamente: piloto apto para el combate. En la práctica: el protagonista de la sintonía perfecta entre avión y aviador, el único capaz de parar los pies a la flota completa del Pacto de Varsovia y a los futuros talibanes, a poco que me hubiesen hablado por encima de sus intenciones. Me sentía el inspirador de George Lucas cuando pensó en alguien capaz de hacer frente a los pilotillos del Lado Oscuro de la Fuerza.

La misión era muy interesante. Una táctica innovadora que permitía aprovechar todo el potencial del “bizcocho” y de la “abuela” actuando coordinadamente en una misiòn de Defensa Aèrea. Mi primer vuelo con el todopoderoso “bizcocho” era una oportunidad perfecta para demostrar a mis compañeros que su aplastante superioridad teórica era tan sólo eso: teórica. Por fin la aviación habría encontrado en mí el atajo perfecto, el complemento ideal que permitiría igualar en prestaciones a dos generaciones radicalmente distintas de sistemas de armas.

Primera parte de la misión: impecable. Mi compañero y yo nos dirigimos al punto de encuentro donde vigilar la zona asignada. Cuando llegamos, nuestra pareja de “bizcochos” hace tiempo que escuadriñan el horizonte. Siguiendo el guión establecido separamos las parejas: chico con chica, avión con aviona, 2ª generación con 3ª…Mi inmadurez en el tema aconsejan emparejarme con el líder de la misión. Manteniendo  formación táctica, me limito a escoltar a mi jefe. Haciendo alarde de una insultante confianza en mí mismo, me permito pasarle contactos que hace 50 millas él mismo había desechado como “no factor”.

De repente, al igual que en las películas de miedo, cuando la música anticipa las escenas más importantes, empieza la acción. La nerviosa voz del controlador nos dirige directamente contra la formación enemiga. De la misma forma que el 7º de Caballería desenfunda sus sables al oír el toque de corneta, inicio un viraje descendente manteniendo la cobertura visual con mi líder. Tan sólo se escucha una frase: “sígueme”.

La adrenalina abarrota toda la cabina. Multitud de mensajes se agolpan en mis auriculares en forma de instrucciones que me conducen a la gloria. El trabajo se acumula, selección de armamento, elección del modo radar más favorable…En una palabra: tensión. Las certeras indicaciones del controlador nos colocan dentro de una maraña de cazas de última generación que avanzan decididos hacia el objetivo. Un viraje inoportuno me descoloca ligeramente, pero no puedo evitar que aparezca ante mí un incauto enemigo. Con todo el sigilo que me permite la entrañable “abuela” meto postquemador para buscar una posición favorable de disparo. Cuando estimo alcanzada la posición deseada, lanzo el sistema automático de blocaje que me confirma la solución de disparo. El inconfundible sonido de blocaje de misil certifica la perfecta ejecución de la maniobra. Decididamente, el pulgar de mi mano izquierda aprieta el botón de la radio y de mi garganta sale a borbotones la frase deseada: ¡¡¡ FOX II, KILL!!

Mirage F-1 por kelkian.

http://www.flickr.com/photos/11979564@N00/2540107764/

Estoy seguro de que la emoción que reinaba en cabina superaba la vivida en cualquier campo de fútbol.  Primera misión y primer derribo. Entendía perfectamente la sensación de la tripulación del Apolo XI cuando eran aclamados recorriendo la avenida Broadway de Nueva York. En ese momento era consciente de que el mismísimo Marcel Dassault había pensado en mí a la hora de diseñar la máquina perfecta.

Con la misma parsimonia que utiliza el recordman del mundo al dar la vuelta de honor tras batir el record olímpico, regresé al punto de vigilancia para reunirme con mi líder de formación.  Dos vueltas de espera fueron suficientes para disipar la tensión, recomponer la formación y comentar la jugada. Entonces se escuchó una frase procedente del líder:

- ¿Me confirmas que has disparado a un “bizcocho” en rumbo 285º?
- ¡¡¡ Sí, sí, he sido yo !! ¡¡te confirmo!!!. Estaba entusiasmado. El reconocimiento del compañero experto era inminente. Y claro que llegó:
- Vale. Te confirmo que me has derribado.

No había rincón en cabina donde meterme. Fue la única vez que se me pasó por la cabeza tirar de la anilla eyectora, aunque rápidamente deseché la idea porque el sistema no era suficientemente potente como para lanzarme fuera de la estratosfera. El más profundo silencio se apoderó del resto del vuelo.

Una vez en tierra repasando la misión, sólo hubo una voz que me rescató del inframundo como quien tira de la soga sacando el cubo de lo más profundo del pozo:

-Tranquilo, hombre …,te queda mucho que aprender!!!.

Y en esa continuamos…

Chur

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