En estas jornadas de estío, Chur en lugar de apoltronarse debajo de una pagoda vestido de camiseta y chancla de dedo con una cerveza en la mano sin perder detalle del tránsito la población del sexo opuesto, pierde su tiempo para que nosotros lo ganemos leyendo otro relato personal. Atentos a lo que pasa por la cabeza de los mayores…

Seguro que os ha pasado. Cuando tus hormonas veinteañeras te fijan un objetivo de ojos claros y el manual de vuelo materno lo califica de “misión peligrosa” y recomienda rechazarlo….; cuando el criterio de tu compañera contradice los consejos transmitidos por tu madre y te empeñas en buscar una ruta intermedia que satisfaga las dos formas de interpretar la misma maniobra….;cuando tu hija te pide aprobación para lucir el más lindo de los vestidos y tu mujer te mira aterrada intentando reconfigurar rápidamente el modo “data link” que le permita modular tu respuesta…Siempre te pillan en medio. Irremediablemente buscas una solución de compromiso que nunca satisface a nadie y casi siempre resulta ser la más peligrosa.

En la aviación de combate, esa disyuntiva aparece en la actividad cuyo nombre es “Exhibición”, o “Solo Display” si mi perfil lingüístico dejara de ser un problema. Evidentemente se trata de una misión distinta. No existen objetivos que destruir, no requiere armamento inteligente, ni siquiera una excesiva coordinación entre múltiples actores. Quizás  tampoco refleje al pié de la letra el espíritu constitucional que nos obliga  a prepararnos  para la defensa de la Patria. Probablemente sea por eso por lo que no son pocos los compañeros que con frecuencia, ponen en tela de juicio este tipo de vuelos. Reconozco que hay pocos argumentos que conecten la preparación táctica de un piloto con la dificultad de centrar perfectamente un looping en una referencia, sin que el suelo pase a ser el protagonista de la maniobra….pero,  sinceramente… ¿lo habéis intentado?

Os invito a un vuelo de exhibición….Seguro que os gusta.

F-1--Mirage(3) por jpequeman.

http://www.flickr.com/photos/jpequeman/2298222199/

Atrás quedan los ensayos, los vuelos a deshora y los sustos más o menos controlados. Cuando recibes el briefing meteorológico y el coordinador de turno te presenta la secuencia de actuaciones, no puedes evitar refunfuñar por el hecho de actuar detrás del M2000 y delante del F18. ¿Pero es que no hay otro sitio….? ¡¡Rayos!!, ¿qué puedo hacer para resultar espectacular entre tanto “fly-by-wire”? La respuesta siempre es la misma: hacerlo bien. Mientras esperas las últimas instrucciones  del coordinador, repites mentalmente esa respuesta al tiempo que recuerdas la conversación con tu chica durante la noche anterior. Mezcladas entre multitud de frecuencias y notas de coordinación balbuceadas en un perfecto inglés de Oklahoma, aparecen unas escuetas palabras de disculpa que tratas de aglutinar en un mensaje de texto que no consigues enviar.

Cuando terminas de poner el último te quiero, te das cuenta del cambio de pista. Algo intrascendente pero que te obliga a variar de sentido el viraje a izquierdas de toda la vida. Ese viraje a derechas te aconseja guardar el móvil y centrarte más en el briefing. Sin duda, un ejemplo claro de cómo un cambio de orientación puede ser incompatible con una reconciliación sentimental. Repasas rápidamente la secuencia prevista intentando recomponer las maniobras al tiempo que te preguntas si habrán sido capaces de solventar los problemas de radio que tuviste durante el ensayo anterior.

Mientras que te diriges al avión te dejas embaucar por el ambiente aeronáutico. Las actuaciones ya han comenzado y ese “sound of freedom” te inunda de lleno. Se mete por tus entrañas y empieza a activar el flujo sanguíneo a la vez que tu corazón incrementa suavemente las vueltas. Con desesperación compruebas que tu móvil sigue sin cobertura al tiempo que una posición de morro espectacular de un endiablado Sukhoi te cambia rápidamente el semblante. Con la boca abierta se te pasa por la cabeza intentar el despegue imposible, inventar la cobra invertida o tratar de quitarle unos centímetros más a ese colchón de seguridad para que no resulte tan mullido.

Es cuando llegas al avión cuando hace acto de presencia la parte “racional” que llevas dentro. En clara insumisión, la razón se apodera de tus actos y comienzas el ritual con el equipo de vuelo. Ya en retirada, la parte pasional que forma tu quesito particular, saca la cabeza como última declaración de rebeldía, para comentar con el mecánico las excelencias del público femenino…Siempre he pensado que es una lástima que razón y corazón sean indicativos que no acostumbran a volar juntos.

A pie de avión interpretas una sutil danza repasando de principio a fin la secuencia. Con las manos unidas y enfundadas en los guantes de vuelo ejecutas una tras otra las maniobras previstas repasando mentalmente los ajustes de motor, las configuraciones y los errores cometidos durante los ensayos. Sin saberlo, te conviertes en un mimo de la acrobacia. Tus manos dibujan piruetas en el aire maldiciendo el diseño absurdo de la muñeca que te impide acabar los toneles. En el instante en el que te aferras a la escalerilla la razón ya ha ganado la batalla y hace tiempo que manda mensajes continuos que ordenan enfriar la cabeza. Las ideas ya gobiernan tus actos y han conseguido, con la ayuda del cambio del equipo de radio, que te olvides del móvil y de su cobertura.

Durante el rodaje no puedes evitar contagiarte de la expectación que provocas en el público. Irremediablemente te sientes escudriñado. El simple hecho de mantener la línea de rodaje se convierte en la más difícil de las tareas. Como si fuese una olla a presión actúas el aerofreno como válvula de escape para saludar a la gente pendiente en cada momento de todo lo que haces. El subidón de adrenalina está próximo a llegar. Cuando escuchas por radio la autorización de despegue el organismo activa todos sus resortes. Es un cero a cien en dos segundos. Tan sólo aparecen ante ti las rayas discontinuas de la pista que te indican el rumbo de escape para tus tensiones. Las luces se apagan, los focos te iluminan, los murmullos del público desaparecen y tus neuronas se agolpan calculando el punto exacto de rotación para el despegue. Con la potencia en Militar, los frenos pisados y la vista anclada en los parámetros de temperatura, sólo hay una frase interior que te “desbloquea” y te permite meter postquemador para iniciar el despegue: ”Chur……por favor, no la cagues”.

Ligero de combustible recorres la pista con la mano puesta en el tren de aterrizaje dispuesto a subirlo tan pronto como se extienda el amortiguador. La entrañable “abuela” sale disparada hacia el cielo provocando la primera sensación de asombro entre el público. Se suceden las maniobras emulando una danza en la que los planos hacen de brazos dejando estelas paralelas que dibujan una coreografía casi perfecta. La música del postquemador acompaña tan bien como lo hiciese el magnífico Puccini recreando los versos de Turandot.

F-1--Mirage(4) por jpequeman.

http://www.flickr.com/photos/jpequeman/2299017936/

Las figuras se entrelazan. Ejecutas la inversión pensando en los toneles encadenados, ¿cómo es posible que tenga que mover tantas cosas para que el morro no se mueva? Como el jugador de billar que golpea una carambola pensando en la siguiente posición, vas interpretando el guión establecido. Invertidos, toneles, cambios de configuración….Más que a un vuelo, tu misión se parece a una batería de pruebas que confirman la excelencia del trabajo realizado por los ingenieros.

Última pasada. Acelerando al límite de lo permitido levantas el morro justo en tribuna para perderte entre las nubes. Hasta el infinito y más allá….Con 90º de morro arriba,  la piper apuntando directamente a los anillos de Saturno y la palanca liberada de cualquier presión que te aleje de la vertical, inicias la última secuencia de toneles que literalmente te enroscan en el cielo. Es ahora cuando el corazón se indisciplina y la razón le concede una tregua hasta que se percata de la precariedad del combustible y la proximidad de los nubarrones que aconsejan negociar rápidamente el aterrizaje.

Sacas el paracaídas medio instante antes del contacto, clavas las espuelas y tiras de las riendas hacia atrás para detener  el “pura sangre” a la altura de tribuna y de repente recuperas la consciencia, te vuelves a empapar de lo cotidiano y conectas con el público que agita sus manos. Parece que les ha gustado. Rodando para el aparcamiento recuperas sensaciones. Te vuelve a la memoria ese mensaje incompleto. Te acuerdas de ella y le mandas un beso muy fuerte, de esos que no necesitan cobertura. De los que tarde o temprano, llegan.

La razón me confirma que no he ganado ninguna batalla, pero el corazón revienta entre mis entrañas y en el fondo, el único sentimiento que me invade es la agradable, completa y profunda sensación de estar apasionantemente vivo.

Chur

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