ORIGINALMENTE PUBLICADO EL 8 DE ENERO DE 2009

GETHOMITIS: Del inglés “get home” -llegar a casa-. Dícese de la infección que se produce cuando una tripulación, deseosa de regresar a casa lo antes posible, comete errores que desembocan eventualmente en un incidente o accidente.

Vive Dios que volando un millón de horas al año en todas las aeronaves que se puedan llegar a imaginar y en todos los confines del mundo, los americanos las han visto, las ven y las verán de todos los colores.  Fue precisamente en los EEUU donde oí esa afrenta a la lengua de Shakespeare por primera vez (que si los españolitos damos patadas al diccionario de la R.A.E, los anglosajones no van ni mucho menos a la zaga con el Collins).  Era uno de aquellos días dedicados por entero a la seguridad de vuelo: sin salidas de instrucción ni de simulador; sólo conferencias, vídeos, repaso de emergencias y charlas sobre incidentes, sobre cosas que alguna vez vinieron mal dadas en el T-38 y no era cuestión de revivirlas por desconocidas.  Vaya, un poco de mentalización general al respecto, que muchas veces viene bien y pocas mal.

Y el palabro cuya definición abre este intento de escrito venía a cuento de un vuelo en el siempre complicado (por no decir jodido) de volar T-38 Talon que acabó en castañazo, con pérdida del avión (siempre susceptible de reponerse) y de dos vidas humanas (cuyo vacío sí es imposible volver a ocupar). Accidente atribuído, entre causas varias, a las ganas de la tripulación por regresar pronto a casa tras varios días de navegación por América del Norte -más el pequeño detalle de las tormentas de hielo que por esas fechas azotaban la zona de Oklahoma-. Reduciendo y simplificando: “gethomitis”.

El mejor tratamiento contra la “gethomitis” es no pensar en ella, relajarse y disfrutar. Mas ello puede acabar siendo misión imposible cuando la necesidad de regresar aprieta y cuando los problemas personales y laborales se te aparecen una y otra vez cual negro espectro que tira de tu espíritu para mantenerlo pegado a la dura realidad.  Más de una y de dos veces me he quedado tirado por el mundo, casi siempre en el peor momento y, casi siempre, en buena compañía.  Pero como dije antes, hay que esforzarse por no convertirse en parte del problema, aunque bien parece que muchas veces viajen contigo en la bolsa de vuelo.

Como aquella vez que falló la ECA (Engine Control Assembly) tras despegar de Waddington con rumbo a Zaragoza. En el primer nivel que Control Militar Londres tuvo a bien autorizarme el motor izquierdo decidió por propio honor y espíritu no subir del 70% de RPM.  No era para pulsar el botón de hiperespacio… con la potencia del otro había para dar y tomar.  Por eso me costó unas cuantas millas tomar la decisión correcta: volver al campo y poner la máquina en manos expertas.  La tarde del domingo en casa estaba perdida, pero a cambio aprendí un montón de cosas sobre cómo se monta y desmonta un control electrónico de combustible de un General Electric… bajo los planos de un caza gris superioridad aérea guareciéndome de la lluvia del condado de Lincoln…

O sólo unos meses después, cuando volvía con mi amigo Nacho de una exhibición en la base de Cigli, cerca de la antigua Esmirna, en Turquía.  Teníamos parada intermedia en Sigonella, Sicilia, isla sorprendentemente bella, al menos desde la única perspectiva que de ella conozco: la aérea. A la altura de Atenas, mientra trataba sin éxito de poner orden en el caos de cartas de navegación que inundaban mi cabina, se me ocurrió comprobar el plan de vuelos de salida de la base naval de Sigonella y algo no cuadraba.  Íbamos una hora tarde.

- Nacho, -dije por radio- ¿Cómo nos hemos podido colgar tanto? Vamos más de 1 hora por detrás de lo previsto.

- Pues no tengo ni idea.  Espero que nos den otro ”slot” de salida de Italia porque si no, nos van a dar las uvas junto al Etna.

Tomamos en la calle de rodaje (¡Eh!, sujeten los caballos.  La pista principal estaba en obras y aquello era práctica habitual y autorizada por NOTAM).  El marino americano de transeúntes nos recibió con su alegría habitual, supongo que en parte porque eran dos Hornet, montura con la que estaba familiarizado al pertenecer él mismo a la US Navy.

- Lleno, por favor…

Salimos zumbando hacia “base ops” para intentar conseguir un plan de vuelos que nos viese entrar por la puerta de casa a hora razonable, y dispuestos a pedir excusas por nuestro retraso aún sin siquiera saber a qué se había debido. El sargento de preparación de vuelos puso cara de grifo (sí, el pájaro mitológico) cuando le preguntamos si sería posible despegar una hora más tarde, ya que íbamos con retraso.

- Of course, no problem…

Desde luego, aquello era flexibilidad, y no  a lo que estábamos acostumbrados últimamente gracias a la saturación del espacio aéreo gestionado por Eurocontrol. No era cuestión de desaprovechar nuestra suerte: carrerita hasta el avión, firma  del combustible reabastecido, inspección exterior, puesta en marcha, autorización y a otra cosa…

Y ya sobrevolando Alghero, en Cerdeña, isla algo menos “glamourosa” que su vecina del Este, empezamos a atar algunos cabos…sueltos…

- Nacho, ¿qué hora llevas?

- ¿Zulú o local?

Pues eso digo yo… que tanto avión ultramoderno y tanta historia y, al final, se nos olvida sumar y restar… meridianos.  Ibamos clavados en nuestra hora hasta que decidimos que lo de Greenwich no era de aplicación a dos estupendos pilotos militares y trasladamos por decreto el Meridiano 0 a Estambul.   Aunque, al menos, las prisas nos pusieron una hora antes en el hogar que ya llevábamos  días sin pisar.

Es el único caso que conozco en la historia de la aviación en que la “gethomitis” hace a una tripulación llegar antes a su destino en lugar de más tarde.  Así que, vigilad los husos horarios, que nunca se sabe.

Terminado y hasta la próxima.

Baby

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