El piloto de caza es una especie en peligro de extinción. Su hábitat natural, el combate visual, está amenazado por misiles cuyas características convierten en un suicidio el mero hecho de acercarse a otros cazas. El combate lejano (el famoso BVR) parece más un concurso de rapidez mental que un duelo de caballeros del aire, lleno de reglas del pulgar, tablas de distancias de disparo según las posiciones relativas, líneas a no sobrepasar… Y los cielos no hacen más que llenarse de UAVs que van y vienen, blancos perfectos para entretenerse haciendo puntería pero que lanzan GBUs con más precisión y menos remilgos que cualquier Maverick de la vida.

Encima, si haces una encuesta entre los polluelos, lo de ponerse el anti-g está cada vez menos de moda: que si “paso” de malos ratos, que si las horas de caza no cuentan para el comercial, que si se va más cómodo en un Airbus 310…

Pero a pesar de todos estos obstáculos, la “chasse” perdurará porque lo que significa está en la esencia del hombre: la competitividad y el espíritu de superación. Para mal o para bien, esas cualidades nos han ayudado a seguir una línea evolutiva diferente a la del resto de las especies; línea que, salvo cambios radicales, tarde o temprano nos encargaremos nosotros mismos de extinguir, junto con todas las demás.

Hay que estar de acuerdo en que el placer de volar un caza no reside precisamente en la comodidad de las condiciones de vuelo. Aún así, se suelen recordar con más cariño los momentos más duros vividos dentro de un avión de combate, o los más incómodos… Como aquella vez que, nuestro protagonista, estando en Aviano durante un mes de junio, se acercó al refugio de Inteligencia a echar un vistazo a la misión del día siguiente. Tenían por delante un par de horas de misión CAS sobre los Balcanes; el objetivo era cubrir desde el aire el momento en que un equipo de inspectores pretendía ver qué sucedía en un cuartel de uno de los bandos enfrentados donde habían estado produciéndose emisiones no autorizadas de cierto radar asociado a cierto sistema de misiles tierra-aire.

La idea era tan antigua como la humanidad: 

-         Buenas, Señores. Venimos a que nos enseñen el almacén y a llevarnos parte de su contenido.

-         Y si no queremos…

-         Pues están en su derecho de no colaborar, pero entonces no tendremos más remedio que dejar esto como un solar. Bueno, nosotros no, nuestros colegas de ahí arriba… 

Se dio el madrugón de rigor y condujo la furgoneta hasta la Base. Briefing de inteligencia, briefing de misión y el ritual de vestirse para volar un avión de caza en una misión de combate: había que quitarse los parches y cualquier identificación; guardar en algún bolsillo libre los mapas de supervivencia de la zona (hacía un frío que pelaba todavía en las montañas, y entre el gorro de forro polar o el mapa de supervivencia, casi prefería el primero), comprobar la pistola y elegir algo de picar entre el repertorio chucherías disponible. Siempre pedía un par de Kit-Kats, por si le hiciera falta en algún momento hacer una pausa (fallo de motor, misiles enemigos…nunca se sabe).

Esperaban en zona de armado a que se acercase su hora de despegue.  Pero también se acercaban unas tormentas con bastante mala pinta:

-         ¿Qué tal si nos vamos ya? Sinceramente, prefiero estar un rato más en el tanker que esperar aquí a que me caiga un rayo…

-         Torre, Mustang 21, permiso entrar y despegar… (parecía que el jefe estaba pensando lo mismo…)

La ruta hacia el sur del Adriático transcurrió sin incidentes.  Las primeras lanchas de recreo empezaban a dejar estelas en las costas de Croacia y entre sus mil islas. El KC-135 de la Guardia Nacional de Texas estaba en su órbita, como de costumbre; y deseosos de entablar conversación con los Hornet drivers, también como de costumbre:

-         Hola chicos… Bonito día ¿eh?

-         Yeah…

-         ¿Os queda mucho para volver a los USA?

-         Yeah…

-         ¿Qué tal en Italia?

-         Yeah…  Hornet 1, 8000 pounds transferred.  Cleared off.

Foto: US NAVY

Con el F-18 lleno y tratando de coger velocidad mientras ascendían en rumbo al interior de Bosnia, empezaron con las llamadas de rigor al AWACS, el ABCCC (un C-130 como puesto de mando en vuelo) y todos los A… que volaban por allí.   Y al cabo de un rato, procedieron directos al punto donde un FAC (Controlador Aéreo Avanzado) estaba a la espera en la frecuencia convenida de “check in”. Con un par de conducciones identificaron el complejo militar que servía como almacén y se mantuvieron a la espera. 

Él se imaginaba a los de abajo apeándose de un coche pintado como el Cobrador del Frac y acercándose a una gran puerta con aldabas.  Los de dentro asomaban desconfiados la cabeza: “¿qué querrán estos ahora? ¿Que les demos los radares? ¿Están mal del tarro o qué?”

El combustible estaba próximo al Bingo y ya se empezaba a imaginar la paella de vuelta (debía ser jueves), cuando una llamadita del AWACS le devolvió a la realidad:

-         Mustang, hay retrasos en la misión en tierra… tenéis que volver al cisterna…

Vaya, fenomenal.  Otra horita al libro.  A sacar la calculadora y cuentas arriba y abajo para fijar un alternativo en caso de que pasase algo en el “tanker”.  Al cabo de poco más de 45 minutos estaban otra vez de vuelta sobre el depósito de misiles con su F-18 lleno de sopa.  No había cansancio todavía, pero cuando uno cree que va a estar atado a un asiento eyectable un tiempo X, y eso se convierte en 2X hay que “resetar” el crono mental e irse acomodando a lo que queda por delante.   

-     2, tengo un contacto a nivel 140, lento. Cantó su líder por radio.

-     Ese es el Predator, seguro.  Vamos a echarle un vistazo.

Pedazo de pájaro.  Pasaron mil pies por encima de él. Parecía una estantería de Ikea de las grandes,  pero con timones y bultos por todo el fuselaje.  El AWACS les cantó la posición un par de veces, no fuera a ser que tuviesen un percance de un par de millones de dólares… O se les ocurriese dispararle, que todo podía ser.

MQ-1 PREDATOR / www.af.mil/photos

Allí no pasaba nada; el AWACS no daba noticias y otra vez se hacía la hora de ir regresando.  Avisaron a la Seta volante de que les quedaban 10 minutos de sopa antes de poner rumbo a Aviano. 

-         Recibido, Mustang.  El CAOC (Centro de Operaciones Aéreas Combinadas) está gestionando otro par de cazas que os sustituyan.  La situación sigue sin aclararse ahí abajo.

No sabía si los malos estaban siendo buenos o simplemente, no les sonó el despertador a los buenos. Pero justo antes decir adiós, el AWACS volvió a pasar instrucciones del gran jefe: 

-         Mustang, procedan al cisterna.  Su relevo tiene problemas en uno de los aviones y va de vuelta a Istrana. 

Fue terminar de oír la frase y comenzar a  notar entumecidas partes de su cuerpo que hasta ese momento había sentido con normalidad.  Le empezó a oprimir cada parte del arnés, cada deformación en el relleno del asiento, cada costura en la camiseta y cada puntada del hilo del gorrito de tela que llevaba bajo el casco.

En el cisterna ya ni se molestó en saludar.  Bastante tenía con concentrarse en no arrancar de un tirón la cesta del KC-135. Ni se fijó en la costa Dálmata, que tan bucólica parecía un par de horas antes.  El sol no era ya ese astro que sólo él y otros pocos privilegiados verían ese día; más bien era una estufa que calentaba la cabina y hacía subir la superficie de su casco de vuelo a 60 grados centígrados. 

Es el momento en que empiezan los “ajustes”.  El volumen del interfono, la radio, el tono de misil, el alertador de amenazas… Esos sonidos que antes parecían música, después de 4 horas parecen chirridos en los tímpanos: un poco más alto, un poco más bajo; un botón de “mute” hubiese venido bien para dejar de escuchar a esos pesados que no dejaban de hablar por radio. También los ajustes de altura de asiento; arriba, abajo… para aliviar un poco las piernas, la espalda… Dejó de notar el dedo gordo del pie, así que apretó la palanca que movía la distancia a la que se colocan los pedales: ahora cerca, para apoyarse, ahora lejos para estirar las piernas; ahora a medio camino, para…no sabía muy bien qué.

Todavía tuvo que volver una vez más a reabastecer antes de que el control diese por terminada la misión. Seguramente, el hecho de que él no hubiese tenido que actuar significaba que todo habría ido bien en tierra, pero a estas horas ya casi le daba igual.  La subida por el Adriático se le hizo eterna; tenía ganas de acelerar, de ir más deprisa para llegar antes, pero eso no era bueno para el consumo de combustible y tenía que ahorrar, pues seguían dando predicción de tormentas para su llegada a la base.  

Unas millas antes, a la altura de Venecia, pasó al ATIS (la frecuencia en la que una voz grabada ofrece los datos actualizados de meteorología en el campo).  Lo que escuchó no fue muy tranquilizador… tormentas con aparato eléctrico por dentro de 5 millas y rayos de “nube a nube”, de “nubes a tierra” y de… ¿tierra a nube? 

-         ¿He oído de tierra a nube? Una de dos, o mi inglés está tan entumecido como el resto de mi cuerpo o realmente hay una buena montada en el campo.

Fueron esquivando los cúmulo-nimbos como pudieron, con ayuda del control y del modo aire-suelo de su APG-65 hasta que, un par de millas delante de él, apareció por fin la pista de Aviano.  Toma suave… Gases atrás… Frenos…¿Frenos? ¿Dónde demonios se han metido los frenos?

Después de tanto ajuste se había olvidado de devolver los pedales a un punto que pudieran alcanzar sus pies, así que se vio a sí mismo rodando a 150 kts, con el avión cagado de bombas y viendo pasar carteles de pista.  Y aunque no era el mejor momento, no le quedó otra opción que agachase y alagar el brazo como pudo hasta ese botón que liberaba la posición de los “palonieres”.  

Y frenó su caza dentro de la superficie recomendada para ello, es decir la pista, sin necesidad de hacer uso de cables ni ganchos, que siempre son un engorro, principalmente por la de explicaciones que hay que dar cuando uno echa mano de ellos.

Seguro que habría asientos más cómodos, pero él no nació para ir sentado en ellos; aunque un poco de acolchado en las posaderas, una cafetera portátil, un pasillo para estirar las piernas y un aseo no hubiesen venido mal en ciertas ocasiones. ¿Quién es el ingeniero que se atreve a meter todo eso en un F-18?

F-16 en la pista de Aviano.  Parece que ha llovido un poco…

Foto: US AIR FORCE /www.aviano.af.mil

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