La entrada del control de Ventas estaba más tranquila que de costumbre. Sería probablemente porque era día 31 de diciembre, el último del año, y por allí sólo cruzaban aquellos que, como él, estaban de servicio.

En el vestuario del Escuadrón las taquillas se alineaban una tras otra, con los nombres de sus inquilinos en la puerta, junto al emblema. Los monos de vuelo colgaban aquí y allá , desordenados aún a pesar del ultimátum del Jefe de excomulgar al próximo que no guardase sus pertenencias dentro de la taquilla.  Hizo un guiño como siempre a la de Nacho, que seguía sin ocupar,  pero de la que todavía colgaba la foto de Claudia Schiffer junto a alguna pegatina de cazas dejada por pilotos de escuadrones extranjeros.

Se enfundó el mono y pasó por el Centro de Operaciones, donde otro antiguo del lugar, también de servicio en tan señalado día, tenía preparadas las tablas de autenticación y las “Memory Units”, los ladrillos metálicos que contenían los datos de misión a insertar en los computadores de los aviones de alarma.  Esas MUs se preparaban de forma especial porque las misiones de “Scramble” no tenían destino definido: todo el espacio aéreo nacional era susceptible de ser utilizado incluidas bases aéreas y aeropuertos. Por eso también el manual del piloto, con sus  aproximaciones y cartas, iba al completo dentro de la cabina.

Recogió chaleco, casco y anti-g y se dirigió al barracón de alerta, curioso nombre, probablemente debido a la estructura de las construcciones que se empleaban tiempo atrás, cuando otros pilotos pasaban las horas esperando a que sonase la alarma o el teléfono en algún campo improvisado, cerca del frente de batalla.

Saludó al resto de su ”tripulación” de aquél día: armero y mecánico de vuelo, que ya habían tenido tiempo de hacer el relevo correspondiente.  

- ¿Se estirará la cocina esta noche con la cena de año nuevo?

- Pues no sé, mi capitán, pero por si acaso nos hemos traído unos langostinos y un buen jamón… Así que vaya avisando al centro de control de que ni se le ocurra tocar la bocina a partir de las diez, o nos va a pillar cenando…

Siempre llamaba al controlador de servicio, aparte de para felicitar las Pascuas, para preguntarle si esperaba algún movimiento ese día, y de paso recordarle amablemente que la línea caliente de teléfono funcionaba de maravilla y con un nivel de decibelios bastante más aceptable que el de la sirena de la pared.   

Comprobó las comunicaciones; echó un vistazo a la meteo del día (nuboso y tormentas a última hora) y se dirigió al avión de 15 minutos.  Había que dejarlo listo para salir si hiciera falta, así que empezó con los procedimientos de rigor, incluida la puesta en marcha dentro del barracón: equipos, sistemas, armas y ”check” final de radio con el centro de operaciones y la torre de control. Todo O.K.  Dejó el casco en el marco de la cúpula y bajó de la ”oficina”; el día acababa de empezar.  

Puso la tele para tener algún sonido de fondo. Todavía no había llegado la era de la Play Station ni del Canal Digital, así que había que entretenerse con cosas más mundanas… Vio la bolsa de vuelo verde sobre el sofá, llena de trabajo atrasado, pero se obligó a darse un respiro ese día… así que abrió la nevera, sacó una lata de Coca Cola y unos panchitos, y se puso a dar bolazos en el billar medio descuajeringado que sobrevivía al otro lado de la sala.

Dos F-18 tomando frente al antiguo barracón del Ala 12

A la hora de comer apareció la furgoneta que traía la bandeja del comedor, con sus compartimentos perfectamente estancos… ya sabes, la sopa fría y la ensalada caliente.  En cocina se debían estar reservando para la cena, porque la comida precisamente no era para tirar cohetes.  Pero  ellos también estaban de servicio al fin y al cabo, y en días como ese ponían el corazón… Después no pudo evitar la cabezada en el sofá, y tampoco el dolor de espalda y de cuello inherente a pasar más de una hora en semejante mueble, dado de sí con el paso del tiempo.

La tarde se hizo más llevadera gracias a la visita de su familia.  Su mujer y los niños solían pasar un rato con él cuando la alerta era en festivo y no había cole.  La mesa de billar cumplía entonces con creces su función entreteniendo a los peques, aunque al final las bolas acababan rodando por todas partes y los palos se convertían en espadas láser. En eso estaba, separando a Lucas Skywalker de Darth Vader cuando sonó el teléfono… Era el controlador de servicio:

- Estamos intentando identificar un contacto en el Este… Puede ser que te demos trabajo dentro de un rato.

Se asomó a la plataforma, frente al avión de alerta y miró hacia la cabecera contraria.  Las tormentas, los rayos y el atardecer daban al cielo ese color gris perla que hace que se le ponga a uno un nudo en la garganta. Vaya nochecita para volar… 

- “Está cayendo una buena por allí. ¿Verdad? -le dijo su mujer mientra sujetaba al pequeño, que intentaba ducharse con el aspersor del riego automático de los cuatro árboles mustios que había frente al barracón.

- “Bah, eso no es nada…” -contestó intentando parecer convincente, justo en el momento en que sonó la bocina.

Ocho minutos después rodaba hacia la 30L.  Su mujer le decía adiós con el pequeño en brazos y el mayor agarrado a su pierna.  Él les saludaba sonriendo mientras se fijaba en sus ojos, abiertos como platos; parecía que estaban viendo despegar el Space Shuttle…  Entonces pidió permiso para entrar y despegar…

- “Autorizado, y cuidado con las tormentas en la cabecera de la 12R” -contestó la torre.

- “No hay problema, para eso estamos… y por cierto, Feliz Año Nuevo”

Un abrazo y gracias a todos los que están “de servicio” por España en estas fechas,  especialmente a aquellos que están en países lejanos y no tienen visitas que les animen la jornada…  Ya queda menos, Jesse.

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