Era una mañana muy fría y le habían confiado la cabina de atrás de un reluciente bizcocho. A los mandos de verdad, se sienta un piloto capaz, educado, tranquilo y caballero. Entre las voces que se escuchan a través de las dos radios e interfono, se intercalan comunicaciones del controlador de torre dando autorizaciones a otras aeronaves, del mecánico marcando la pauta de las pruebas de tierra, del líder de la formación en aquella misión de ensayos en vuelo de unos equipos de los que es mejor no hablar, del propio piloto que amistosamente guía al “backseater” en el ágil manejo de interruptores necesaria para la puesta en marcha. Todo se mezcla en su oído, pero por extraño que parezca cada ruido, tono de voz, exabrupto, queda depositado en un sitio diferente de su cerebro para que pueda procesarse a la vez y separadamente.

Cuando bajan la cúpula para resguardar del viento unas narices que empiezan a rezumar el tan español “moquillo”, miran ambos al líder para cualquier indicación del mismo. Él recorre con nostalgia la figura del aerodino, en cada antena, cada punto hasta que recaba en un nombre escrito en el puro del mismo. No lo ve bien, no sabe si porque está borroso por el paso de los años, o porque el paso de los años se han instalado en su agudeza visual. Se esfuerza un poco más y descubre el nombre de un amigo, un camarada de antiguas fatigas, un leal que en su juventud a medias dedica el tiempo a asuntos terrenales, del fango, del averno, de los humanos. Y así, pensó que hace poco también él estuvo en esa situación. En una situación en la que los pilotos sudan de parado, se enervan, se molestan, les cambia el humor, se envilecen hasta que por un quiebro de la suerte, ésta les recompensa con unos años en un escuadrón de caza, cerca de la grasa, cerca del JP-8 quemado, cerca del olor a polvo de lustros incrustado en las cabinas en la que decenas de pilotos se han sentado antes que él.

Premonición

El nombre escrito está casi borrado como si alguien quisiera apartar éste de las estelas aéreas. Pero allí permanece, aguantando hasta que no dentro de mucho, vuelva su dueño y entonces todo esté como siempre tuvo que ser…

Buena caza Baby

Negro

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