Le sorprendió la nueva distribución de las zonas de aparcamiento en la plataforma militar… para aprovechar el espacio. A simple vista, parecía estar contemplando miles de toneladas de última tecnología amontonadas, distribuidas aleatoriamente en un trozo de rampa. Pero cuando uno se aleja de los árboles, empieza a tomar forma el bosque… Había un plan detrás de aquellos veinticuatro cazas en perfecta simetría, a la distancia justa unos de los otros, con un enjambre de mecánicos, armeros, especialistas y pilotos trabajando a su alrededor, moviendo vehículos, trasladando piezas, motores, poniendo en marcha, reparando componentes…    El plan estaba pintado en el suelo en forma de líneas amarillas y negras, de rectángulos con números y de flechas que indicaban el sentido de la maniobra.

Nadie molestaba a nadie en su ir y venir.  Ningún rebufo podía hacer echar a volar unos calzos, un carrito de oxígeno o una caja de comprobación de radar.

Llegó el día grande.  Todos a la vez, unos contra otros. Un baile en el cielo bien coordinado, para adiestrarse sin correr riesgos innecesarios, aplicando todo eso que dicen los manuales que es necesario respetar cuando se combate en el aire.

Salir del campo a la hora prevista para aprovechar todo el tiempo en zona disponible era el primer escollo. Compartir pista con un aeropuerto civil es complicado: aviones diferentes, reglas diferentes, velocidades distintas,  otra mentalidad… Pero el roce hace el cariño, supongo, y el periodo de vuelo salió puntual, como un reloj.   El retorno tampoco era fácil, especialmente cuando el carburante escasea y hay que recuperar más de veinte aviones en un intervalo muy breve. Las formaciones se agrupaban para dar el menor trabajo posible a los controladores, que ponían todo de su parte por no interrumpir el tren de regreso a casa.  Y, de paso, animaban la vista de los que les esperaban en tierra, con formaciones de cuatro en inicial, una tras otra, rompiendo hacia el sur.

Era además el día de la foto.  Algunas unidades habían movido ya su avión insignia al lugar señalado.  Otras esperaban el regreso de la misión para rodar de vuelta y aparcar sobre la marcha, con los motores aún recuperándose del esfuerzo.  Él miraba entretenido desde la azotea de la oficina. Pocos lugares de trabajo tenían unas vistas como aquellas.

Imaginaba a las tripulaciones despidiéndose de la torre en la frecuencia de rodaje con el lacónico “…en aparcamiento, terminado, gracias”.  Y volvió a sorprenderse una vez más con el espectáculo: F-18 y F-15 recuperándose a la zona de aparcamiento de ejercicio; otros quedándose a medio camino siguiendo las instrucciones de su señalero para acabar en el lugar exacto previsto para la foto; un Fokker y un C-295, de regreso de su misión, en la calle sur rodando hacia la plataforma de transporte; los EF-2000 virando noventa grados frente a él para dirigirse a su zona; remolques tirando de arrancadores; la grúa con el fotógrafo buscando el encuadre perfecto; el Chino en bicicleta dando instrucciones…

Sin una llamada, sin un cruce, sin un sobresalto.

La perfección existe.

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