Cuando se sale de la Academia (vulgo, Cueva) y se va destinado por primera vez a un Escuadrón de Fuerzas Aéreas, se suele tener la consciencia de lo verde que estás, de lo nuevo que eres. Sí, cierto, te acaban de dar el despacho y tienes la juventud que te chorrea por las orejas, por lo que crees que no hay tarea lo suficientemente dura ni penosa que no puedas despachar en un par de horas. También piensas (¡iluso! Se nota que eres más nuevo que la orden de mañana) que vas a arreglar el mundo o, en su defecto, pulirle unos cuantos defectos que en tu tierna carrera militar ya has detectado. Por eso es particularmente importante, en mi opinión, la figura de tu primer jefe.

Tu primer jefe se que quedará siempre grabado a fuego. De él aprenderás muchas cosas, unas buenas; otras, las menos, malas, pero hasta esas son importantes para poder saber cómo no quieres hacer las cosas cuando te toque a tí estar en lo más alto del organigrama de una unidad cualquiera.
Tras llegar a la unidad y un lapso en el que tuvimos un jefe accidental (periodo en el que proliferan los rumores y se dicen y se comentan cosas del nuevo jefe que viene: siempre hay alguien que conoce a un amigo que tiene un conocido que ha trabajado con el que viene), por fin apareció un día. Yo, en mi mismidad de teniente, un Teniente Coronel imponía… y mucho. Y más cuando a ese empleo se le añadía una voz ronca e irrepetible, un mostacho tipo morsa de los que ya no se llevan y un educación y un saber estar exquisitos. Tenía su nombre, claro, pero no lo voy a decir aquí; para todo el mundo, era el Choto. Para mí, era el jefe, a palo seco.

T6 del ala 46 de Gando (GC) - Hacia 1966

Piloto de ataque de toda la vida, se había pasado la mayor parte de su vida militar a los mando de un T-6, de un Saeta o de un F-5, sobre todo volando sobre las secas tierras de Morón y alrededores. Conoció El Aaiún, conoció la Marcha Verde y la historia de nuestro Ejército del Aire desde entonces hasta nuestros días. Cuando alguna vez organizábamos un guateque los viernes al acabar la jornada laboral, siempre acababa pidiéndose lo mismo: un segoviano con un botellín de agua. Y entonces, acabada la semana, relajados y empezando a disfrutar ya el fin de semana, a veces nos comentaba relatos de cuando el era teniente, tutes en toda reglar, pero que para un teniente novato como yo eran como maná caído del cielo. Yo bebía esas anécdotas, esas historias, como si fueran la base de nuestra común herencia.

El hecho de encontrarse en una unidad cuya misión, si bien relacionada con el combate, poco o nada tenía que ver con lo que el había hecho durante tanto tiempo, no le quitaba el gusanillo de volar. Siempre anteponiendo la ingrata labor de despacho al goce de volar pero también siempre dispuesto a subirse a un local que no le apartara mucho tiempo de su deber. Le gustaba elevarse del suelo, le gustaba la libertad del cielo azul y las nubes blancas, le gustaba saber que era el quien dominaba una máquina que nos proporciona momentos de felicidad casi absoluta. El tener que volar con la mano izquierda, llevando los motores con la derecha, como es normal en los aviones de transporte, chocaba frontalmente con lo que había mamado desde cadete, lo que ocasionalmente dio lugar a divertidas anécdotas. Pero siempre desde el respeto, siempre desde la admiración por alguien con tanta historia detrás.

Fue el primer (y único; hasta en eso era irrepetible) jefe que llamaba a todos y cada uno de sus subordinados por su nombre de pila. Jamás por el nombre de guerra, jamás por los apellidos. De hecho, le copié sin disimulo esa manía. Siempre me ha gustado llegar pronto al trabajo, para poder aprovechar los momentos previos a los que llega la gente y comienza el ajetreo diario. Pues bien, a pesar de que lo intenté denodadamente, jamás conseguí llegar antes que el al Escuadrón. Y eso que el vivía en Las Rozas y yo, en la misma Base. El día que aparecí a las siete menos cuarto pensando: “Hoy no me gana. Hoy abro yo” y me encontré la puerta abierta de par en par, ese día desistí.

Todo un caballero, siempre sabía agasajar a invitados de toda índole; y lo comprobé en mis carnes cuando un día se pasaron mis padres a visitarme y el Choto, aparte de darles personalmente una vuelta por todo el Escuadrón, se deshizo en elogios del todo inmerecidos hacia su hijo, su teniente, éste que os escribe.
Quería a su familia con locura, especialmente a sus dos hijas, motivo por el cual a veces aparecía con problemas de matemáticas de COU que les ponían a sus hijas en el instituto y que a el ya le sonaba a chino; entre todos, metidos en Operaciones, en un ratillo, solíamos sacarlos.
Y hoy, no sé por qué, me he acordado de él, de lo buena gente que era y del buen ejemplo que sembró en mi. Todo un oficial, el Choto.

“No queda sino batirnos…” – Arturo Pérez-Reverte

Foto: http://www.fotosdelamili.com

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