Parece mentira cómo pasa el tiempo en términos aeronáuticos. Fue ayer cuando un joven presunto piloto de caza arribó a la escuela de reactores, cuna de todos los cazadores patrios. No eran buenos tiempos para el Luchador de la Libertad, aquejado de algún problema de osteoporosis anacrónica fruto de lidiar con jóvenes aguerridos donde el nivel de esfuerzos estructurales se medía más en lo que podía aguantar el cuerpo humano más que en los indicadores de cabina.

Recuerda que el día que se subió por primera vez le pareció un avión en blanco y negro, con una cabina ahíta de indicadores analógicos que reflejaban el estado de los motores y la navegación. También le pareció un aerodino relativamente grande, aunque esta idea se le borró del cerebro al posicionarse en cabecera de pista para una misión de tiro y contemplar a su lado a un bizcocho ya de proporciones tipo “cabagalta de los reyes magos”.

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Pero por mor del destino, hoy ha vuelto a esa escuela. Acompaña a un avezado piloto de pruebas que tiene que hacer un refresco de avión. Los refrescos de avión para un piloto de pruebas, no consisten en darse un garbeo y acostumbrarse al “feeling” del avión. Estos se auto-someten a una ristra de situaciones de emergencia que los propios autóctonos efectúan  de “pascuas a ramos”. Al sentarse en el avión descubre que el viejo guerrero y desbravador de pilotos en sus tiernos comienzos sólo se parece en el exterior. El asiento mejorado le supone no tener que ir con el paracaídas a cuestas como si fuera una tortuga, pero el ritual de amarrarse al bicho no es cosa baladí y le lleva algún tiempo. Cuatro anclajes, cuatro ligas de piernas, una correa de cintura, dos conexiones de oxígeno, tres pinzas…

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Sin embargo al poner en marcha se vislumbra el color, la actualidad, la calidad de los cambios que incorpora con unas pantallas que sustituyen una panoplia de indicadores desterrados ya de la cabina. El “stick y los throttles” repletos de un actuadores parecidos a los más modernos aviones. Pero el corazón de este luchador es el mismo. La agilidad para hacer toneles y sobre todo los cinco g´s para hacer rizos (con sus casi 10 000 pies de diámetro) le devuelven a una etapa de sus vida que tenía almacenada no sabe donde, y por algún motivo se siente joven pero nostálgico de lo que vivió hace tiempo.

Por cierto, al bajar se da cuenta de lo en forma que deben estar los profesores de estos neófitos, sometidos a dobletes diarios en su quehacer de enseñanza. A todos ellos…

Buena Caza

Negro

Imágen thumb: de la página Ala 23.com

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