A veces hay que hacer un esfuerzo por volver a los orígenes, por recordar aquellos tiempos en los que un simple detalle,  una visita, una conversación o una palabra afectuosa,  nos hicieron decidir  nuestro futuro.  Historias como la que publicamos hoy, remitida amablemente  por Miguel Ángel, nos permiten revivir la ilusión de los primeros días y nos recuerdan que  trabajo y pasión pueden ser una misma cosa.   

Gracias a Miguel Ángel por dedicarnos su tiempo, a Paco por su amabilidad  y a Miguel por empezar a “alimentar la llama”. Esperamos que, dentro de unos cuantos años, este artículo de su tío le sirva también a él para “regresar a sus orígenes”. 

 

Casi todos nosotros guardamos en la memoria nuestro primer contacto con el mundo de la aviación. Ese bautismo que te marca de forma imborrable para toda la vida, sea cual sea tu futuro profesional y personal. En mi caso fue una visita a la Base de Zaragoza con mi tío “el americano”.  Aquello supuso un antes y un después.

Hace unos meses vino mi sobrino Miguel a casa y mientras tomábamos una limonada estuvo prestando atención al pequeño rinconcito de la aviación que tengo junto al ordenador. Agarró la palanca de mando y empezó a hacerme preguntas relacionadas con los aviones. Fue aquella tarde cuando me di cuenta de que, a pesar de no haber desarrollado una vida profesional en el campo aeronáutico, bien podría ser yo mismo el “padrino” de Miguel, la persona que le pusiese en contacto por primera vez con los aviones, en estado real, nada de fotografías.

La idea me hizo mucha ilusión, probablemente más que al propio Miguel, así que me puse manos a la obra. Nos marcamos como fecha uno de los días libres que ambos teníamos en común (recordemos que los calendarios de Primaria y los del sector del Metal suelen ser poco coincidentes) y decidí llamar a Paco para ver si podíamos acercarnos un ratito a la Base. Como no podía ser menos, Paco se ofreció a participar en “el plan”.

Una semana antes mi hermana me comentaba que Miguel estaba algo inquieto, en varias ocasiones había preguntado con cierto temor si le iban a subir en un avión y le iban a llevar por encima de su colegio. Desde luego le confirmé que no, que no se preocupara. De todos modos Miguel no estaba completamente seguro, bendita la inocencia de los niños.

El día en cuestión llegó y me acerqué a recoger al futuro aerotrastornado. Mientras preparábamos su mochila me comentó que los aviones van por el cielo y hacen un ruido muy fuerte, parecido al de la aspiradora de mamá. También le estuve explicando que cuando nos encontrásemos con Paco sería necesario hacerle el saludo militar, ya que sino no nos dejarían ver los aviones. Asintió con la cabeza muy serio y anotó mentalmente todo lo que debía hacer.

Una vez en el coche pusimos rumbo a Garrapinillos. Lo cierto es que no las tenía todas conmigo ya que un miércoles de Semana Santa corría el riesgo de ser un día de lo más tranquilo en la Base de Zaragoza, no obstante algo podríamos ver, seguro. Además la mañana era soleada, perfecta para volar.

Al llegar al control me sorprendió escuchar algo de tráfico alrededor de la base. Ese ruido que despierta todos los sentidos del aerotrastornado llamó la atención de Miguel. Pensé para mis adentros: “vaya, me parece que ya tenemos los primeros síntomas”.

Cuando entramos en la oficina de Paco nos paramos y Miguel se puso muy serio mientras saludaba tal y como habíamos quedado. Paco le correspondió y a partir de ese momento los “temores” que tenía Miguel se disiparon completamente.

Salimos hacia el taller de mantenimiento para ver de cerca esas dichosas máquinas que tanto nos gustan. Miguel se quedó boquiabierto nada más entrar al hangar. Todas esas fotos y videos que había visto en la tele o Internet se hicieron realidad. Aquello era real, no era una ilusión.

Lentamente se acercó con cautela al Bizcocho. Antes de hacer nada buscaba la aprobación de Paco, no vaya a ser que hiciese algo mal sin querer. La ventaja de medir un metro de altura es que él podía circular debajo del avión con cierta comodidad, mientras que Paco y yo teníamos que ir con mil ojos para no dejarnos el cráneo en alguna de las superficies de mando.La verdad, no sé quién disfrutaba más, si él o yo. La sensación que albergué en aquel ratito fue la de dejar caer esa pesada carga que a veces todos llevamos dentro de nosotros y que lleva escrito un “no pude ser” y a la vez entregar a Miguel una cesta llena de esperanza e ilusión que lleva escrito “puedes ser todo lo que quieras”.

Después decidimos acercarnos a la plataforma, a ver los aviones en su medio natural. Por suerte para nosotros ese  miércoles era un día de actividad y justo en ese momento llegó un grupo de aviones. Miguel estaba quieto, prestando mucha atención, más de lo que yo esperaba. Le encantó ver cómo rodaban y se dirigían a su puesto en el parking

 

Espero que dentro de unos cuantos años Miguel recuerde que su tío Angelito fue el que le llevo aquella mañana de Marzo a ver los aviones a la Base de Zaragoza. Y por supuesto, también espero que se acuerde de Paco, aquel militar tan simpático que le regaló una gorra y un póster que todavía conserva.

PD Paco, va por ti.

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