El cielo estaba sereno pero la noche no tenía buena pinta.  Algo le decía que aquello sólo era un intervalo de tranquilidad entre tormenta y tormenta, un pequeño lapso de calma chicha, un mini pantano barométrico preludio de más rayos, truenos y centellas.

El desierto edificio fue cobrando vida con la llegada del resto de miembros de su formación. Alberto ya estaba allí, con los datos acerca de la meteo prevista y  detalles sobre la zona de trabajo y el plan de vuelos. Era el ODO (Oficial de Operaciones) del Ala, el único piloto que no volaría aquella noche, pendiente de echar una mano desde tierra si surgían problemas.

-          ¿Vais a salir? – preguntó Alberto.

-          El campo está dentro de límites.  La meteo en el área en noches como esta es una lotería. Vamos a ver qué nos encontramos. ¿Ha salido el cisterna?

-          Le he oído despegar hace un rato. Parece que también tenían ganas de volar esta noche.

Camino de la línea de aviones, las potentes luces de las torres de la plataforma se reflejaban en los charcos, sobre el cemento.  Cazas, colores, reflejos… otra foto no tomada que quedará grabada en la retina.  Hacia el Oeste, la oscuridad y, de vez en cuando, algún  rayo iluminando las nubes. Bajó la cúpula cuando empezó a lloviznar. El mecánico de línea se ajustó como pudo el gorro del impermeable mientras él, a resguardo, completaba los procedimientos algo más deprisa de lo habitual.

Entraron en pista los cuatro cazas.  Echó un vistazo rápido hacia su derecha y sintió otra descarga de colores alegrando la noche: el rojo destellante de las luces “anti-colisión” brillando en las derivas; el rojo, verde y blanco de las luces de posición, las que delatan el rumbo en los cruces, legado de aquellas otras naves que circulan más abajo, sobre el mar; y el azul eléctrico de las luces de formación, a máxima intensidad, marcando la silueta de cada pájaro.

Soltó frenos y dejó atrás a sus compañeros mientras él aceleraba por la pista, comprobando velocidades y parámetros de motor. Volvía a estar solo otra vez. A la velocidad de rotación tiró de la palanca y arrancó el caza del suelo, sintiendo cómo le envolvía progresivamente la noche, ahora ya sin obstáculo alguno por delante que reflejase la luz de su faro de aterrizaje.    Viró izquierda y mantuvo la velocidad dentro de parámetros para que sus puntos pudiesen reunirse con comodidad. El cielo en ese tramo de la salida instrumental parecía despejado, así que autorizó a sus tres compañeros a formación visual mientras aceleraba el ascenso a 35.000 pies, una altura que les garantizaría a buen seguro una navegación tranquila hasta el área de reabastecimiento.

El avión cisterna debía encontrarse dentro de un área reservada a unas 150 millas al sur de su posición. La altura a la que esperaba encontrarlo era de unos 14000 pies, justo en esa zona de la atmósfera donde las tormentas están más a gusto, donde crecen más rápido. El control de interceptación no había dado por cancelado el reabastecimiento, por lo que seguramente habrían encontrado un hueco aceptable donde trabajar. 

Iban aproximándose a la órbita del “tanker”, momento ya de empezar a descender, aunque lo que tenía por delante no animaba precisamente a ello.  Un vistazo al radar en modo superficie indicaba manchas sospechosas en diversas zonas, así que tendría que conjugar la interceptación con algún viraje para evitar cúmulo-nimbos, ese tipo de nubes en las que NO hay que meterse.

Llamó en frecuencia de control mientras iniciaba el descenso y ponía a sus puntos en columna radar. Si había meneos era mejor estar a una milla de distancia, cómodamente instalado en el retorno radar del avión precedente, que pegado al plano, intentando no perder de vista una luz que entraba y salía de la bruma.  El controlador cantó la posición del cisterna a 50 millas al sur de donde estaban los cuatro Hornets. Hizo un cálculo rápido de la órbita y dirigió el morro de su caza hacia el punto previsto de encuentro.

La noche se notaba tensa, sobre todo por la sobrecarga poco habitual de comunicaciones radio. Ya había oído asignar un par de niveles distintos al cisterna, lo cual sólo podía significar que su tripulación también andaba buscando un espacio libre de nubes donde los cazas pudiesen enganchar la manguera sin demasiados sobresaltos.  Una formación de Chicos (2 Mirage F-1) pasó diez mil pies por debajo, rumbo norte, saliendo de zona.

Entró en nubes y redobló la comprobación instrumental.  El descenso adecuado, el rumbo correcto y la velocidad en su sitio, para no descolgar al resto de la formación, ni hacer el típico acordeón que los acercase y alejase a tirones o les obligase a utilizar demasiado el motor. De vez en cuando, algún salto atado a su arnés. Turbulencia moderada lo llaman.  A veces incluso, la lluvia golpeando contra la cúpula de plexiglás.  Siempre, las dudas acerca de si la próxima nube no sería demasiado densa, sobre si habría librado con la suficiente distancia aquel cúmulo-nimbo. 

No había comentarios en frecuencia táctica; todos sabían que en momentos así hay poco tiempo disponible en la radio para bromas, porque cualquier pulsación del “push to talk” podía significar perder una instrucción importante del controlador; y porque el tiempo que usa una formación para pedir que le repitan un mensaje se lo está robando a otra que puede necesitarlo más.

Empezaba a sudar en cabina, y eso que tenía el reóstato de temperatura al mínimo.  No era cuestión de calor o frío; más bien de si no estaría forzando demasiado los límites, de si era el momento de darse la vuelta o seguir esquivando tráficos y nubes hasta encontrar su gasolinera en el cielo. Entonces oyó una llamada en la radio:

-          Pegaso, Titán 15, cuatro aviones a nivel 250, entrando en zona. Vectores al cisterna.

-          Titán, tiene el cisterna en rumbo 150, 25 millas, nivel 160. Es turno uno por delante de 4 F-18, cinco millas detrás de usted.

Los 4 RF-4 procedentes de Torrejón se unían a la fiesta.  Un poco de combustible y, después, alguna ruta de reconocimiento nocturno.  Pero ahora estaban todos prácticamente juntos, 8 aviones procediendo al mismo punto en una noche no demasiado apacible. Echó un vistazo a su piernógrafo para comprobar su ventana de reabastecimiento.  Si todo iba bien, llegarían 5 minutos antes de su hora asignada, justo cuando los Phantom estuviesen pinchando.  Volvió a ajustar el rumbo de interceptación e intentó mirar fuera; en una noche normal a esta distancia casi podría ver las luces del avión nodriza y de los pequeños cazas flotando a su alrededor en el vacío, pero esta vez todo parecía gris oscuro; la lluvia chocaba a 350 nudos sobre la cúpula y cada turbulencia le devolvía a la pantalla del radar,  haciéndole escudriñar las nubes para evitar las que pueden destrozar un avión en minutos.  Sus tres puntos debían confiar en la ruta que él les estaba trazando, pues ellos sólo tenían en su pantalla el contacto del avión precedente y perderlo significaría problemas, sobre todo en noches como esta.

Se sintió aliviado por poder mantener una formación que le daba flexibilidad para maniobrar en aquél ambiente, y agradeció la facilidad con que se volaba un avión como el Hornet, en el que con una simple pulsación en alguna pantalla se obtenían estimadas a destino, contactos radar, imagen meteo, combustible… Y aun a pesar de cómo estaba el tiempo ahí fuera, se sintió seguro dentro de su metro cuadrado de cabina.

Entonces recordó a sus amigos del Phantom, posiblemente navegando en formación cerrada, intentando encontrar un hueco en las nubes que les diese un respiro, siguiendo con fe ciega las instrucciones del controlador de interceptación. Adaptándose al entorno dentro de una máquina extraordinaria pero que no daba, ni mucho menos, tantas facilidades como su F-18.

Y se volvió a preguntar, como tantas veces, qué le movía a dejar la tranquilidad del salón de su casa, donde las tormentas no se ven tan de cerca, o la seguridad de un suelo que no tiembla, o de un coche del que simplemente te bajas cuando se le acaba la gasolina; para salir a volar en noches como aquella, en las que un error de cálculo o una mala decisión podían resultar fatales. 

Y volvió a recordar lo que le decían sus antiguos: “Como te entrenes combatirás”.

Share