Existe una corriente de opinión bastante desarrollada que afirma que las Fuerzas Aéreas de los países más desarrollados irán migrando progresivamente a inventarios en los que primen los Vehículos Aéreos no Tripulados, los populares UAVs, si bien los nuevos vientos que vienen allende los mares los han renombrado como RPAs (Remoted Piloted Aircrafts, Aviones Tripulados Remotamente). Sin negar la creciente importancia de dichos aparatos para según qué misiones (y creo firmemente que el quid de la cuestión radica precisamente en ese matiz), soy de la opinión que UAVs o RPAs están sobrevalorados.

Curiosamente, yo era uno de los más fervientes admiradores de dichos cacharros hace algunos años. Pensaba que eliminaban uno de los principales carencias del Poder Aeroespacial, la de la permanencia, también llamada persistencia (en unión con la disponibilidad de armamento para poder cumplir con la misión) al tiempo que los costes se mantenían bastantes contenidos, cosa realmente insólita en temas aeronáuticos. Si bien es cierto que, en según que términos, dicha aproximación es cierta (y estoy pensando en el Global Hawk, que puede realizar tareas propias de un satélite por una fracción del presupuesto del  mismo), no es menos cierto que de aquellos años acá se ha producido una auténtica explosión de sistemas, cada uno buscando un nicho de operación, creciendo (o menguando) en tamaño pero creciendo en prestaciones, tiempo de permanencia en zona, capacidades ópticas e IR y otros muchos aspectos.

Lo que ocurre es que se está confiando demasiado en aparatos limitados. Por fuerza, un RPA ha de disponer de un entorno benigno, una amenaza aérea baja o inexistente y una infraestructura que fija grandes cantidades de personal para conseguir que vuele el aparato. La Situational Awareness (SA) de cualquier RPA es y será limitada por la sencilla razón de que dicho aparato está diseñado para observar el territorio, no para vigilar el espacio aéreo circundante. Lo que ocurre es que no siempre se van a encontrar escenarios tan favorables a las capacidades de los RPAs como los actuales de Irak y Afganistán. Es más, todos los miembros de las diferentes Fuerzas Armadas, desde el más laureado general al más humilde soldado, se están acostumbrando a confiar y esperar las imágenes y la información que una miriada de sistemas volando por encima de sus cabezas les tiene que proporcionar. Esa confianza en la información proporcionada por UAVs puede, si no lo ha hecho ya, convertirse en el talón de Aquiles de las operaciones militares actuales.

Por otra parte, se destaca de los RPAs la capacidad que tienen de aventurarse allá donde no se puede enviar aviones tripulados por la sencilla razón de que no hay vida humana en peligro. Eso es verdad… hasta cierto punto. Se mandan RPAs a realizar misiones que difícilmente podrían ser realizadas por aeronaves tripuladas y dichos RPAs vuelven… o no lo hacen. Y lo peor es que cuando se pierde uno de estos aparatos no siempre se sabe la razón, por lo que el ratio de siniestrabilidad de estas aeronaves siempre será mayor, bastante mayor en mi opinión, que la de sus hermanos tripulados. Por otro lado, se argumenta que dado que son más baratos que los aviones tradicionales, es mejor perder algo barato y sin tripulación que lo contrario. Eso está muy bien pero a más de 12 millones de dólares cada bicho, perder uno es, presupuestariamente hablando, tan malo como hacerlo con uno tripulado. ¿Cuantas Fuerzas Aéreas disponen del presupuesto necesario para reemplazar los doce Predator que se perdieron el año pasado en Afganistán e Irak?

Y como suelen decir los castizos, para muestra, un botón.

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“No queda sino batirnos…” – Arturo Pérez-Reverte

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