Nos vamos de veraneo, pero con condiciones: hay que mantener los servicios, las alertas, las salidas aéreas… Todo tiene que funcionar igual que el resto del año, así que los que se quedan suben un poco más, si cabe, sus revoluciones.

Aún así, es un auténtico placer. El teléfono suena la mitad que en cualquier otra época del año. Hay tiempo para preparar con tranquilidad las misiones, para disfrutarlas más que de costumbre. Los que aún tienen el permiso por delante se animan pensando en la playa o en el tiempo libre.  Los que acaban de regresar alardean de bronceado, pero poco.  

El verano también tiene sus efectos colaterales. Subirse a un caza en España a las doce del mediodía de un 30 de julio es como meterse en una sauna finlandesa con mono de vuelo y botas.  Intentas acelerar la puesta en marcha, para empezar a sentir el efecto del aire acondicionado, para bajar rápido la temperatura de una cabina que fácilmente puede rondar los 50 grados.  Pero ese aire que sale por las rejillas de la presurización no es precisamente viento polar.  A nivel del mar el sistema de acondicionamiento de cabina es poco efectivo,  algo que no se puede reprochar a los que tuvieron a bien diseñarlo, porque en la tercera dimensión cuentan para sus cálculos con un aliado natural: la temperatura cae vertiginosamente con la altura (del orden de 2 grados cada 1000 pies).  Ese “extra” de frío exterior evita sobredimensionar los equipos de refrigeración de cabina, con el correspondiente ahorro de peso, consumo eléctrico, pero los vuelve poco eficaces en tierra.

Dos F-5 rodando con la cúpula abierta, intentando refrescar un poco el interior de la cabina. Foto web EA

Así que no queda más remedio que esperar a estar en el aire.  Y una vez arriba, ser demasiado impaciente puede asegurarte un buen resfriado, ya que bajar demasiado la temperatura sobre un mono empapado de sudor puede acabar en tiritona. Tampoco es conveniente subir  a volar en camiseta por varios motivos: no hay muchas “T-shirts” ignífugas, el arnés no es de terciopelo  y una eyección a alta cota es peor que un paseo por la Antártida en invierno.

Eso si llegas a subir.  Cuando la misión es a baja cota no habrá más remedio que mantenerse pegado al suelo, con una temperatura exterior que no baja ni a tiros.  Los chorros de sudor caen por la frente, se meten en los ojos y escuecen. Intentas rascarte, subiendo la visera, pero el sol cegador te obliga a bajarla de nuevo y a aguantar el picor.  El plástico de la máscara se calienta y dilata, y resbala sobre la cara. No hay forma de mantenerlo en su sitio, por mucho que aprietes los tensores laterales lo único que consigues es descentrarla y notar otro “punto caliente”.  Alguna vez, con algo de tiempo, te das cuenta del calor que puede llegar a hacer cuando tocas con la mano desnuda la superficie del casco de vuelo, sobre la que cae de plano el sol a  través de la cúpula.   

Pero hay efectos secundarios del calor de resultados más nocivos: los motores de reacción “empujan” bastante menos  cuando la temperatura es alta, y eso puede hacer que la pista se acabe antes de que consigas la velocidad necesaria para irte al aire, o que sortear una montaña resulte complicado si te has quedado a baja velocidad.

Eurofighter sobre un “secarral” veraniego. Foto web  EA

Por no hablar de los pájaros, que suelen aprovechar las térmicas y acabas encontrándolos a alturas inverosímiles. Te cruzas con ellos y buscas en sus picos a ver si llevan máscara de oxígeno contra el mal de altura.

Estéis donde estéis, feliz verano… y poneos cerca de un buen ventilador.

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