No he podido evitarlo. Ha sido ver las dos fotos que han colgado en la web the Avionist y he tenido que compartirlas con todos vosotros. En ellas se muestra al Hueso, el Bone como le llaman sus tripulaciones, en todo su esplendor. El mote le viene de que los americanos, al recibir la USAF el bombardero, fue denominado B-1. De ahí al B-One y de ahí, al Bone, sólo había un paso que dieron rápidamente.

La historia de este aparato es realmente complicada y refleja los avatares a los que se enfrenta todo nuevo sistema de armas, sea bueno o excelente sobre el papel, antes de alcanzar la tan ansiada madurez operativa. Para sustituir al entoces maduro B-52 (ahora parece un chiste malo pero ya a mediados de los 50 se le estaba buscando sustituto al BUFF), se propuso el XB-70 Valkyrie, que debía volar alto y muy rápido. Antes incluso de que los soviéticos derribaran a Gary Powers y su U-2, el SAC (Strategjc Air Command) cambió de doctrina y empezó a considerar los vuelos a baja y muy baja cota como medio de evitar los radares y penetrar en el espacio aéreo enemigo para lanzar sus bombas. El Valkyrie demostró ser mucho más limitado a baja cota, sin poder ponerse en supersónico. El B-58 Hustler, otro wannabe sucesor del B-52, también se mostró poco apto para penetrar a baja cota en territorio enemigo, añadiendo en el debe que era un avión extraordinariamente caro de mantener.

Visto como estaba el panorama, la USAF se lanzó a una vorágine de estudios técnicos para tratar de definir el sucesor. Dichos estudios recibieron nombres curiosos y divertidos, tales como SLAB (Subsonic Low Altitude Bomber), ERSA (Extended Range Strike Aircraft), LAMP (Low-Altitude Manned Penetrator) y AMPSS (Advanced Manned Precision Strike System), para el que optaron tres compañías, Boeing, General Dynamics y North American. Pero la USAF refundió los estudios previos en otro que denominó AMSA ( Advanced Manned Strategic Aircraft); algunos años después, los ingenieron de Rockwell, que sería la que finalmente se llevaría el gato al agua, bromeaban con la cantidad de estudios técnicos y afirmaban que AMSA, en realidad, quería decir American Most Studied Aircraft.

Finalmente, y tras asumir que el avión para todo, el F-111, carecía del alcance necesario, se lanzó el programa B-1A en abril del 69; fue el primer avión con la nueva designación para bombarderos creada en 1962. El contrato fue adjudicado a North American Rockwell en junio de 1970; se contaba con unos doscientos aparatos que debían estar entregados para 1979. Una vez entregados los cuatro primeros aparatos, sucedió lo que suele suceder con los proyectos ambiciosos de la industria: de los 40 millones de dólares planeados por avión se había pasado a los 70. El Presidente Jimmy Carter, en junio de 1977, ordenó cancelar la producción del avión, dsitribuyendo la capacidad de ataque nuclear entre ICBM’s, SLBM’s y B-52′s con ALCM’s. Vamos, la triada nuclear de toda la vida pero basando el vector aéreo en el ya viejecillo B-52 en lugar del nuevo sistema que debería haber estado ya listo. Fue el siguiente presidente, Ronald Reagan, el que decidió seguir adelante con el B-1 pero cambiando significativamente determinados apartados, lo que condujo a la nueva denominación de B-1B. Entre los parámetros que se modificaron están la altitud a baja cota, que pasó de supersónica a subsónica alta (Mach 0.85 a 0.92), geometrías de admisión fijas en lugar de variables (más baratas por tener menos titanio y con menor eco radar), menor velocidad a alta cota (pasó de M 2.2 a M 1.2), peso máximo al despegue (incrementado en unas 80.000 libras), entre otras.

Nuestro amigo vivió la acción en primera persona en diciembre de 1998 por primera vez, en la operación Dessert Fox. Desde entonces hasta ahora, ha estado en todos los ajos; eso sí, siempre con armamento convencional y en muchas ocasiones realizando misiones de apoyo cercano (CAS), misiones para las que no fue pensado pero a las que se ha adaptado estupendamente bien. Será que por fin ha alcanzado la ansiada madurez…

P.S. ¡Casi se me olvida! Las fotos prometidas…

 

“No queda sino batirnos…” – Arturo Pérez-Reverte

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